Contra Pablo Morillo


lgún 28 de marzo hay que acudir a la calle Pablo Morillo, arrancar sus placas y convertirlas en baldosas, para que los vigueses puedan pisotear su nefando nombre. Al igual que no existe una calle Adolf Hitler en Tel Aviv, ni una Pol Pot en Camboya, resulta pintoresco que Vigo dedique una vía pública a su mayor enemigo y particular genocida.

Con cierto papanatismo, nuestros antepasados honraron a Pablo Morillo por su papel en la Reconquista, donde se unió a la sublevación días antes del 28 de marzo, apropiándose de unos méritos que, en realidad, correspondían al paisanaje de Vigo y su comarca. Además, estuvo a punto de fusilar a algunos líderes locales, horas antes del episodio de la Gamboa, por el mero hecho de querer negociar con Chalot por su propia cuenta. Sólo la mediación del capitán inglés Mackinley impidió que matase a los suyos.

Ambicioso, arribista y manipulador, Morillo redactó informes arrogándose el éxito de la expulsión de los franceses y minimizando el trabajo de líderes como Almeida, Colombo, Vázquez Varela, Tenreiro, Parada o Cachamuiña.

La ciudad, sin embargo, quiso reconocerlo como uno de sus héroes. Y nuestro hombre no tardaría en pagar esta generosidad a sangre y fuego. Catorce años después de la Reconquista, el 24 de julio de 1823, Pablo Morillo, al frente de un ejército absolutista, reforzado con unidades de los Cien Mil Hijos de San Luis, aplastó a la Milicia Nacional de Vigo en Pontesampaio, dejando cientos de muertos en el campo de batalla.

Era entonces Vigo un bastión liberal, defensor de la restaurada Constitución de 1812. Morillo se levantó con los absolutistas, marchó sobre la ciudad y, tras vencer a orillas del río Verdugo, entró en la ciudad y mandó encarcelar y ejecutar a los líderes locales. Como consecuencia, Vigo perdería la condición de capital de provincia y se iniciaría el segundo período absolutista de Fernando VII, conocido como la Ominosa Década.

Entre sus méritos posteriores, es mejor pasar por encima de su campaña americana, en la que se enfrentó a Simón Bolívar y actuó con tal brutalidad que su mandato es conocido en Colombia como el «régimen del terror».

Resulta, por tanto, que a este asesino de vigueses le concedió Vigo una calle. Y que ahí sigue tendida, entre la plaza de Compostela y los jardines de Montero Ríos. A la espera de que alguien decida borrar esas placas del mapa, hay que reconocer que en esta ciudad somos únicos.

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