Un cuarto de siglo separa en el tiempo a Antón Patiño y su hijo Lois. Pero al final es solo un instante en la galaxia en términos creativos. El pensamiento visual reduce las distancias entre la obra plástica de ambos artistas
08 nov 2010 . Actualizado a las 13:45 h.Nació jugando entre botes de pintura, mamó altas dosis de modernidad, creció rodeado de artistas, asistió a decenas de tertulias con amigos de sus padres, pero ni se hizo poeta, ni rockero, ni siquiera pintor. La cámara es la brocha de Lois Patiño, hijo de dos de los artistas que encabezaron el nacimiento de la plástica contemporánea en Galicia, Antón Patiño y Menchu Lamas.
Lois estudió psicología, pero no con intención de dedicarse a ella profesionalmente. «Mi intención era trasladar más tarde el mundo de las emociones a un nivel artístico», cuenta. Así lo hizo. El audiovisual es el lenguaje que eligió para plasmar un universo propio que se vuelca en diferentes formatos: piezas de videoarte, películas documentales y videoinstalaciones con las que su trabajo tiene tanta cabida en una sala de exposiciones como en un festival de cine experimental.
Influencia
Lois reconoce que su progenitor ha tenido en él una enorme influencia a a nivel conceptual. «En el desarrollo de ideas e intereses hay un diálogo continuo y fundamental. Mi madre es mucho más práctica, más intuitiva», aclara. Las distancias artísticas y generacionales se acortan con el análisis que el padre hace de los puntos en común entre ambos. «Cuando Lois nació yo tenía 25 años, y aunque haya una distancia relativamente grande, una generación es un instante en el tiempo. Al ser coetáneos, el espíritu de la época nos marca, como a todo el mundo. Los puntos de contacto son enormes. Tanto lo que hace Lois como lo que yo hago se inscribe dentro del gran paraguas donde el pensamiento visual es la clave. La principal diferencia es el factor tiempo», se responde.
El artista y teórico explica que en pintura está condensado simbólicamente en la simultaneidad perceptiva. «Conceptualmente la pintura inventa la mirada. El audiovisual más radical hoy es pictoricista porque tiene que renunciar a las triquiñuelas ópticas de una sociedad enferma de imágenes, y volver siempre a los orígenes».
Pero Antón Patiño asegura que lo importante, «lo que me une mucho a Lois, es lo que los románticos llamaban las sinestesias, la plenitud sensorial derivada de la rotación de los sentidos. El principal patrimonio que heredamos es el mapa de los sentidos. La gente piensa que es la cuenta corriente o propiedades, pero no, es la elaboración sofisticada de la naturaleza humana en torno a los diferentes sentidos. Y detrás de todo esto está la estética de lo sublime, que por cierto es un elemento que también compartimos».
La cercanía mental queda certificada, pero la proximidad física, en lo tocante a sus respectivos trabajos, se selló en Vigo este mismo año. Nunca antes habían estado «tan cerca». Antón Patiño presentó esta primavera una exposición para la que hizo un viaje al desván de la memoria rescatando literalmente de los fallados sus audaces obras de casi adolescente artista primerizo. En la Casa das Artes se exhibían sus creaciones de los 18 a los 23 años.
A escasos metros, su hijo exponía en la Fundación Caixa Galicia una muestra que ofrecía una panorámica por su obra audiovisual, que evoluciona hacia donde su padre apuntaba. «En mis últimas piezas de videoarte estoy buscando una imagen más pictórica y hago películas más táctiles, trabajando el plano fijo de paisaje que recuerda a una pintura en movimiento. Utilizo hasta pinceles sobre el filtro. Como un impresionista», reflexiona.
Lois Patiño se adentra con su cámara en el cuadro. Retrata el instante pleno en el que el tiempo se dilata. Y la pintura... se mueve.