Este verano, mientras los peregrinos caminaban a Compostela, los conselleiros peregrinaban a Mos. Cada semana, un alto cargo acudía a ganar el jubileo ante la alcaldesa Nidia Arévalo, prometiendo inversiones y haciéndose la preceptiva foto. Por no ser menos, el líder provincial del PP, Rafael Louzán, lleva meses frecuentando a la regidora, al punto de inaugurar un campo de fútbol vestido de corto, hecho un CR7, recibiendo de la dama encendidísimos aplausos.
Lo curioso del caso es que la alcaldesa de Mos, y todo su grupo municipal, deberían haber sido expulsados del Partido Popular. El pacto antitransfuguismo suscrito por PP y PSOE en defensa de la democracia obliga a ambos partidos a poner en la calle a todo concejal o alcalde que tome el poder con ayuda de un traidor de otra lista. El caso, sin embargo, es que, tal vez con motivo del jubileo compostelano, gobiernos como el de Mos siguen gozando de indulgencia plenaria. Y no solo esto. A la vista del despliegue de fotos y propaganda de los últimos meses, parece posible que Louzán, y la cúpula del PP gallego, permitan a Arévalo presentarse en las listas populares. Esto, en cualquier democracia consolidada, se consideraría una desvergüenza. Pero no aquí, donde todo vale, al menos para ciertos políticos.
Así que ya se va preparando el terreno para que hasta el tránsfuga de Mos se presente por el PP. De hecho, se ha creado hasta argumento: «El peor transfuguismo es que dos partidos se unan para que no gobierne la lista más votada», ha dicho Louzán. El argumento, en cuanto elaborado, no parece suyo. Pero no por ello es menos falso.
En nuestra democracia es totalmente legítimo que dos partidos se unan para obtener la mayoría y gobernar. Ocurre en Vigo, en A Coruña o en Santiago. Pero también en el País Vasco, donde gobiernan juntos PSOE y PP, sin que existan reparos.
Pero algo hay que decir. Y el propio Rajoy especula con promover una ley estatal que ampare que en los ayuntamientos gobierne la lista más votada. Ni que decir tiene que es una propuesta oportunista, pues beneficiaría al PP, que no encuentra aliados. Pero lo más grave es que los pactos de gobierno, como los existentes entre PSOE y BNG, se presentan como una especie de usurpación o un atajo democrático, cuando no lo son. Ni es cierto que un partido, en alusión al Bloque, «que obtiene el 20% de los votos pueda gobernar e imponer sus ideas».
Esta semana mismo, hubo elecciones presidenciales en Brasil. Y el Partido Verde de Marina Silva, que obtuvo el 20% de los votos, va a decidir al presidente. Para la segunda vuelta, entre el Partido de los Trabajadores y el Socialdemócrata, Silva pedirá el voto para aquel que incorpore el programa verde. Es decir, influirá e impondrá sus ideas al nuevo gobierno. Porque ganará quien cuente con el apoyo de Silva. Y algo similar ha ocurrido en el Reino Unido, como también en Suecia. Así que menos milongas. El transfuguismo sí es fraude. Lo otro, pactar, ocurre en todo el mundo y es la esencia de la democracia.