En 1887, comienzan en París las obras de la torre Eiffel, llamada al principio La torre de los 330 metros. Enseguida, surge en la capital francesa, una rebelión en contra del monumento. «Es el aborto de un ridículo, con el perfil de una chimenea de fábrica», escribe Guy de Maupassant. «Es un esqueleto de atalaya», brama el poeta Verlaine. «Es un adefesio indecente», publica Alejandro Dumas, hijo. El enfado es casi unánime, pero el consistorio parisino continúa con las obras.
En 1889, se abre al público la torre y la indignación continúa. De nada sirve que sea la estrella de la Exposición Universal, a la que, por cierto, viajan empresarios conserveros de Vigo, que van a cerrar negocios y darse lustre. Conseguirán ambas cosas y, de paso, contratarán a Michel Pacevizc, un arquitecto de renombre, al que encargarán soberbios edificios como el Gran Hotel, en la Porta do Sol.
Pero no divaguemos. El caso es que, terminada la exposición, los enemigos de la torre exigen su inmediata demolición. Pero, pese al renombre de los críticos, el gobierno francés se mantiene firme. Un día, sin embargo, se descubre que el líder de la revuelta, que publica incendiarios artículos en los diarios, desayuna todos los días en el restaurante de la torre Eiffel.
Preguntado por un periodista sobre una actitud tan incoherente, el buen hombre protesta: «¿Cómo no voy a venir? Mi querido amigo, la torre Eiffel es el único lugar de París desde el que no se ve la torre Eiffel».
Siguiendo la misma política, llevo una semana pasando las tardes en la terraza del centro comercial «A Laxe». Y lo reconozco con vergüenza. Que sea yo usuario de semejante adefesio me produce un completo bochorno. Pero, vamos a reconocerlo, es la terraza más impresionante de Vigo. El mamotreto indecente, construido para, presuntamente, abrir Vigo al mar, se ha quedado con las vistas que, por otra parte, ya habían sido eliminadas de todo el frente marítimo.
Pena da pasear hoy por la plaza de A Pedra y tener, como únicas vistas posibles, los letreros luminosos del centro comercial. En compensación, la pasarela peatonal ha dado nueva vida al Casco Vello, pero no hubiera sido pedir mucho que el descomunal edificio hubiese sido un poco más bajo, permitiendo conservar alguna visión del mar. La avaricia, tan propia del urbanismo vigués, lo impidió. Y es obvio que nada aprendimos de aberraciones como el edificio del hotel Bahía. En cuanto se nos dio la oportunidad, ¡hala! ¡Otro mamotreto en primera línea de costa!
Yo estoy abiertamente en contra de semejante edificio. Que me parecería un hermoso edificio, en cualquier otro emplazamiento. Donde está, es un mamotreto aberrante. Para expresar mi malestar en toda su magnitud, he decidido ir a su terraza, cada tarde, a tomar el café. Como aquel cascarrabias parisino, valoro el hecho de que el Centro Comercial A Laxe sea el único lugar desde el que no se ve el Centro Comercial A Laxe.