El pasado lunes me puse rumboso y acudí a las fiestas de Coia. En una churrasquería ambulante, pedí una ración de pulpo y dos vinos. La pulpeira me sirvió sonriente y dijo: «29 euros». Mientras me rascaba los bolsillos, me sumí en profundas reflexiones. ¿Acaso tengo yo acento inglés? ¿Visto yo sandalias con calcetines? ¿Conservaré, de los tiempos de la universidad, algún deje madrileño? ¿Tanto ha subido el pulpo?
Mientras esperaba los cambios, estudié sincerarme con la pulpeira. Menos movido por el dinero que por cierta dignidad viguesa. «Mire, señora, que yo me crié aquí mismo, en aquella torre de la caja de ahorros», quise protestar. Le hubiera contado que yo jugaba en aquellos campos de antes de que Alcampo fulminase los precios. Que bajaba al cole por las corredoiras que hoy son la Miñoca. Que me peleaba junto a las cocheras abandonadas de tranvías. Y que, donde ella ve el centro comercial Camelias, vi yo siempre una ciénaga que en verano criaba mosquitos del tamaño de un bruño. Que a mí me despertaba la sirena de Barreras. Que me atracaron cien veces los de la calle Marín. Que recogía agua en la fuente de Esturanes. Y que hacíamos carreras con la bici hasta la fábrica de La Pitusa. En definitiva, señora -quise decirle- que soy de Coia. ¡Cómo me va a cobrar usted 29 euros por una tapa de pulpo!
Desistí de mi protesta para no desentonar con el ambiente festivo. Y, también, al calibrar las dimensiones de la señora, no fuese a arrearme un guantazo con aquellos brazos como congrios. Y me comí el pulpo tan ricamente.
Claro que todo esto me pasó el lunes. Un día en que aun no sabía yo lo importante que puede ser un pulpo. Al punto de tener hasta nombre propio. Fue al ver al ya famosísimo Paul cuando comprendí.
Por lo visto, la roja ganará el Mundial según las predicciones de este cefalópodo afincado en Alemania. Radios y televisiones ofrecieron en directo el momento en que el bicho se abalanzó sobre la bandera de España. La gente, ante la pantalla, cantaba «¡Gol!».
El espectáculo ni lo hubiesen firmado Berlanga y Rafael Azcona juntos. Y es solo un episodio más del delirio ante la final del domingo. Catorce millones de españoles estarán mañana ante la tele, desquiciados por la expectación generada estos días. Hasta nuestra ministra viguesa, Elena Espinosa, ha elogiado las habilidades del pulpo. Y el acuario de O Grove, por no ser menos, se ha inventado a la langosta Paula, que también es fan de los chicos de Del Bosque.
Pero lo mejor de esta locura es la propuesta de un empresario de O Carballiño, que ha ofrecido diez mil euros por el pulpo Paul . Así que se me ha pasado el mosqueo por lo de Coia. Y hasta 29 euros me parece un regalo. Al precio que se va a poner Paul , no te baja la tapa de los mil euros.