Nacida en el seno de una familia de creadores, lleva la vena artística en los genes. Considera una valiosa experiencia los 12 años que ejerció de alcaldesa consorte
31 may 2010 . Actualizado a las 12:37 h.Seguro que hay pocas personas que conozcan tan bien como Puri del Palacio cada rincón del pazo de Castrelos, en particular sus jardines. Esta madrileña de nacimiento y viguesa de corazón, los ha recorrido una y mil veces, la mayoría en busca de inspiración para sus pinturas -«encontrarla aquí es muy fácil», asegura-, pero también en el ejercicio de sus responsabilidades oficiales. Doce años de alcaldesa consorte, durante los que afirma haber vivido experiencias muy interesantes, implican la asistencia a incontables actos como anfitriona en el recinto.
El primero que le viene a la mente es la cena que ofreció el Concello al embajador ruso. «Entendía perfectamente el español y, sin embargo, se comunicó en todo momento a través del intérprete. Supongo que era una medida política típica del politburó para ganar tiempo antes de responder», dice.
Aunque la más divertida de todas -«observada con perspectiva, porque entonces la cosa estaba para pocas gracias»- fue la que reunió a toda la corporación y a sus parejas para celebrar unas Navidades. Los concejales llegaban directamente del salón de plenos, donde se había celebrado la última sesión del año y, al parecer, también la más tensa. «Las caras que traían lo decían todo. Aquello en vez de una cena de convivencia parecía un velatorio. De pronto alguien le pasó un micrófono a María José Porteiro y recitó el poema Te deseo, de Víctor Hugo; luego me lo pasaron a mí y no se me ocurrió otra cosa que cantar Noche de paz. Al final, todo acabó bien», dice.
El canto es precisamente una de las pasiones de Puri del Palacio. Lamenta no haber seguido unos estudios musicales reglados como hizo con Bellas Artes. Esta inclinación por el mundo artístico la lleva en los genes: su bisabuelo Manuel está considerado uno de los mejores poetas satíricos; su abuelo Eduardo también fue poeta, su abuela María Luisa Chevallier, una gran pianista -«decían de ella que era el Chopin revivido. Tocaba para Isabel de Borbón», recuerda-; una de sus tías también desarrolló una importante carrera musical... Definitivamente, lo suyo estaba escrito.
Entre sus quehaceres profesionales (en estos momentos prepara sendas exposiciones de pintura que podrán contemplarse este otoño en Valladolid y Vigo, respectivamente) siempre le ha hecho un hueco a la música: primero formó parte de la Coral Casablanca y, desde hace unos años, es una de las voces (soprano ligera) del Coro Santiago Apóstol. La actuación que recuerda con más cariño es una privada. «Canté a dúo con Torrente Ballester. Estábamos hablando de Cando se pon a lúa tras dos penedos y dijo 'yo sé cantar ese poema'. Nos pusimos a ello y resultó que sabía más estrofas que yo», afirma divertida.