¿Quién dijo que los chinos no se adaptan? Paseando por Travesía de Vigo, me encuentro un cartel en el escaparate de un bazar chino: «Tenis a 6 euros». Y, al margen del precio, me sorprende la expresión: ¡tenis!
Desde que los orientales comenzaron a abrir sus tiendas, circula la leyenda de una comunidad cerrada, incapaz de relacionarse con su entorno. Algunas anécdotas lo confirmaban. La primera vez que entré en un bazar chino fui a comprar un adaptador de corriente. La mujer que me atendió, amable y sonriente, me dijo que sí a todo. Mientras le explicaba el producto que deseaba, cada vez que ella oía la palabra «adaptador», repetía inmediatamente, asintiendo con entusiasmo: «¡Calatador! ¡Calatador!» Y, cuando le conminaba yo a que me sirviese el artículo, ella respondía: «¡Sí, sí, sí!».
Al cabo de un buen rato me di cuenta de que no entendía nada. Así que aproveché la visita para comprar un par de enchufes. Cuando me aproximé con ellos al mostrador, la china, sonriente, amable, triunfante, los señaló y dijo: «¡Calatador!».
Por no contrariarla, le dije que sí, sonreí y le pregunté el precio.
-«¡Telenda con tilindi», me respondió ella.
-«Disculpe, ¿cuánto es?», acoté, confuso.
-«Telenda con tilindi», zanjó ella con gran naturalidad.
Así que saqué un billete de 20 euros, confiando en que tal cantidad fuese suficiente para hacer frente a un pago de «telenda con tilindi». Ya no recuerdo, tras ver el cambio, a qué cifra equivalía aquello. Debí, sin embargo, apuntarlo para saber, si otra vez me cobran «tolonda con talendi», a qué cantidad de «tilindis» equivale la cosa.
Desde esta primera visita habrán pasado unos cinco años. Y, francamente, la cosa ha cambiado algo. Tal vez la primera generación de comerciantes chinos siga teniendo problemas con el idioma. Pero sus hijos, escolarizados aquí, hablan ya por los codos. Al punto de que se expresan en vigués y dicen «tenis», en lugar de zapatillas deportivas, que es lo que se estila en el resto del orbe.
Los chinos vigueses pronto dirán «patatillas» y llamarán «vitrasa» a todos los autobuses. Irán al «chollo», como sinónimo de trabajo, y se referirán los unos a los otros como «gichos».
Algunos comerciantes han cargado últimamente contra los bazares chinos. Les acusan de incumplir horarios y de no pagar impuestos. Si es cierto, deberán ser multados. Pero no es justo alimentar leyendas y prejuicios para unos señores que, como tantos gallegos, han salido al mundo a ganarse el pan de sus hijos. Su odisea cultural e idiomática es aun más dura que la de quien emigró a Francia o Alemania. Productos de calidad, no venden. Eso ya lo sabe cualquiera. Pero son gente amable y honrada, que no se merece leyendas negras. Estos «gichos» también tienen derecho a ser vigueses.