Soy fan de R. En lugar de cliente, me siento un seguidor de la compañía gallega del cable. A la menor ocasión, canto las maravillas de la empresa que me sirve el compango de teléfono, televisión e internet. Y lo hago con un punto de orgullo cuando mi interlocutor es de fuera de Galicia.
Lo cierto, sin embargo, es que R me deja en el buzón una factura todos los meses. No muy diferente a la de otras empresas de servicios. Pero esta la pago con un punto de vanagloria gallega, como si mi dinero fuese una aportación a un proyecto común.
A lo largo de los años, he descubierto que, curiosamente, no soy el único. Somos muchos quienes vemos en R un motivo para presumir de una Galicia moderna. Además, ofrece un magnífico servicio, la conexión más rápida a internet, baratas tarifas de teléfono y una televisión mejorable. Además, tienen la imagen corporativa y de comunicación más cachonda del país, con permiso de Gadis.
Y, para que vean que al hablar de R me entusiasmo, diré también que me encanta que la publicidad, los boletines, las facturas, la página web y la atención telefónica de la compañía sean siempre en gallego. Es toda una lección para quienes ven nuestra lengua como un idioma de aldeanos, extraña opinión que, por lo visto últimamente, sigue muy vigente.
Yo soy un vigués que presume de R, como también de Pescanova, Zara o Feiraco, porque dicen que sólo envasan leche gallega. Por eso lamento la venta de un tercio de la compañía del cable a un fondo de inversión internacional. Mucho me disgustaría que la empresa perdiese el carácter gallego con el que nació.
Sin embargo, no parece justo criticar a Caixanova en este caso. Cuando Gas Natural compró Fenosa, y quiso deshacerse de su participación en R, fue la caja gallega la que asumió este paquete de acciones. Antes, muchas otras empresas habían vendido su participación en R, sin que nadie se rasgase las vestiduras. Ahora, en lo peor de la crisis, es injurioso culpar a nadie de intentar capitalizar sus inversiones.
Además, tras tomar el poder mantuvo su sede en A Coruña, en un gesto poco localista. Ahora, los accionistas minoritarios venden y Caixanova probablemente venda en el futuro. A un grupo inversor británico que en realidad es una multinacional, como las que compraron el Liverpool o General Motors, por cierto dos enseñas nacionales en Reino Unido o Estados Unidos, dos potencias donde hace mucho que se viven estos procesos.
«Cámbiache o conto», dice la publicidad de R. Y cambia. Según el cristal con que se mire. En el medio, el ciudadano asiste atónito a tanto lío.