En la historia mundial de las fabulaciones, ocupa un lugar de privilegio el metro ligero. Tras el Yeti y el monstruo del Lago Ness, debe de ser el tema que, sin existir, da más que hablar. Para no perder la costumbre, en el último debate sobre el estado de la autonomía, el presidente Feijoo anunció que la Xunta licitará un estudio para implantar este transporte en la ciudad de Vigo.
Ante estas palabras, los vigueses podemos sentirnos como Bill Murray en Atrapado en el tiempo, condenados a vivir una y otra vez el Día de la Marmota, escuchando siempre la misma canción.
Porque, el estudio encargado por Feijoo hace el sexto oficial en poco más de una década. El primero, fue impulsado por el conselleiro Cuíña y el alcalde Príncipe, en 1999. El último data del pasado año, cuando el bipartito presentó el típico mapa de líneas, con vistosos gráficos y coloristas proyecciones.
Por si todo esto no fuese lo bastante pintoresco, el nuevo estudio será el segundo que encarga el propio Feijoo, pues él mismo ya había impulsado uno cuando era conselleiro de Política Territorial con Manuel Fraga.
Pese a la reiteración, es indudable que el proyecto será muy provechoso. Aunque solo para las empresas dedicadas a hacer estudios sobre metros ligeros, un sector en alza, pese a la crisis económica.
Pronto habrá que abrir un parque empresarial dedicado a este tipo de negocios. Y ponerle algún nombre rimbombante, como la Ciudad de los Estudios sobre los Metros Ligeros. Si, para rematar la faena, las empresas del ramo crean un clúster, esto va a ser la repanocha.
Por desgracia, es dudoso que este boyante sector genere demasiado empleo. Como el objetivo final de este tipo de trabajos es criar polilla, arrumbados en cualquier cajón, en realidad no se precisa un excesivo rigor para estudiar nada. Un niño con unos rotuladores «Carioca» o, en gran alarde de medios, un diseñador gráfico algo imaginativo bastarían para un estudio de los de quedar como un marajá.
Mientras tanto, el «metro ligero» va dando que hablar, que es de lo que se trata. Y, con el tiempo, puede que se incorpore al vocabulario popular. Por ejemplo, para quejarse por un retraso: «¡Maruxa!», gritará la pescantina en la plaza del Berbés, «moito tardaches, ¿seica viñeches no metro lixeiro?» O, en expresión más elaborada, para pedirle a alguien que se deje de cuentos: «No me vengas ahora con metros ligeros». E, incluso, para amantes despechadas: «Ese metro ligero ya pasó por la parada».
Algo, desde luego, habrá que inventar para que el estudio anunciado por Feijoo sirva de algo. De lo contrario, podríamos sospechar que es una forma novedosa de tirar el dinero público. Y, al tiempo, cachondearse de la ciudadanía. No creemos a nuestros políticos capaces de esto, obviamente.