El de Joaquín Bobillo es uno de esos nombres propios que conocemos todos los vigueses, aunque no sea más que por las periódicas cartas que nos remitía durante su etapa de delegado de Hacienda en la ciudad, donde también ejerció de administrador de Aduanas. Ahora está al frente del equipo de Inspección de Grandes Empresas. Lo que pocos conocen es que cuando cuelga el traje de la obligación se viste el de una afición bien curiosa: coleccionista de canecos (recipientes de barro, cerámica o porcelana vidriada) y botellas en miniatura.
Por su profesión ha viajado mucho y eso alimentó su afición. Tiene catalogadas 2.080 piezas. Las guarda en unas vitrinas especiales que le diseñó un amigo arquitecto. A su vez, otro amigo, en este caso empresario, le deja en usufructo una zona de su local porque en casa no tiene espacio para semejante colección.
Empezó coleccionando botellitas de coñac. «Cuando me fui a estudiar a Madrid en el 63, enfrente de la Facultad de Económicas de San Bernardo había una tienda especializada en licores y allí compré las primeras». En realidad quería coleccionar botellines de whisky, pero le pareció feo copiar al padre de su amigo Boro Barreras. En su primer destino en Portbou cambió de licor. «El whisky me parecía más selecto y se estaba poniendo de moda, así que dije: ¡que le den dos duros al padre de mi amigo Boro!». Con cada viaje que él o sus amigos hacían a cualquier parte del mundo la colección fue creciendo.
Coloca sus canecos por orden alfabético y elige el más antiguo, un Glen Garry. «Este lo compré en Buenos Aires. Me lo vendió un anticuario que tenía una tienda en la zona vieja. Me costó 200 dólares y no me aceptó tarjeta. Me dijo que no tenía interés en declarar a la Hacienda Pública más que lo imprescindible».
Era judío, conocía Ribadavia, y no le quiso hacer rebaja. «Le pregunté cómo tenía tantos envases de cerámica británicos que luego se llenarían de cerveza argentina. Muy sencillo, me dijo. Hubo una época en Argentina -sigue relatando imitando el acento- en que se estableció un alto impuesto sobre el vidrio. Y el ciudadano se dio cuenta de que era más barato importar estos envases de Gran Bretaña, que pagar el referido impuesto sobre el vidrio. Y, aunque no fuera más barato, me decía, estoy seguro que lo hacían por la satisfacción de defraudar a la Hacienda Pública». Conclusión de Bobillo: «¡El Fisco siempre agudiza la imaginación del contribuyente!».
Saca ahora un caneco de Macphail's, que vio por primera vez en La Maison du Whisky de París. Una edición única con motivo del nuevo milenio. «Se hicieron 2.000, conmemora el año 2000 y la suma de los años de antigüedad de los whiskis mezclados alcanza los 2.000 años», explica. Costaba 3.200 francos y no lo compró porque le pareció muy caro. Tomó nota de la destilería y se lo consiguió después un amigo que acabó regalándoselo.
En la colección hay varios canecos de QP Land. «Esta marca la descubrí en el restaurante Combarro de Madrid. Y resultó que eran las iniciales de Eduardo Quinzán, un lucense de Chantada que se dedicaba al comercio textil y al que yo conocía. Se fue a Escocia, compró el whisky a granel en una destilería y lo embotelló», explica. Aquello dio pie a que Joaquín Bobillo también tuviera canecos de su propia marca, con una simpática etiqueta con su efigie que le diseñó el hijo de otro amigo.
De cada frasco siguen saliendo anécdotas. Como la del caneco del Queen Elizabeth II, que consiguió cuando hizo su primera visita a Canarias y se lo cargaron a la cuenta del relaciones públicas del barco. O la del Rutherford's que compró en Edimburgo. En ese viaje también visitó Londres y el jefe de área de vinos y licores de Harrods quedó alucinado cuando llamó a sus proveedores oficiales para intentar conseguirle algún whisky especial y comprobó que ya conocían a Bobillo porque había estado en todas sus tiendas.
La falta de espacio ha llevado a Bobillo a plantearse la posibilidad de vender su colección, aunque considera que el mejor destino sería un museo. Seguro.
Son los que hace que nació la Agrupación Galicia Social y son los que lleva en primera línea de trabajo Luis Martínez Salgado. Amante del deporte, especialmente del balonmano, impulsó la creación de un equipo de dicha disciplina en la temporada 1968-69. El objetivo era facilitar la práctica deportiva de forma totalmente gratuita.
El entusiasmo de Luis propició un crecimiento exponencial del número de chavales interesados por el balonmano. Hasta en once campeonatos nacionales llegaron a participar los juveniles. Muchos de los jugadores bregados en el Galicia Social terminaron haciendo carrera en categorías nacionales. Luis ha estado siempre igual de orgulloso de éstos que de los menos avezados en terreno de juego. Y es que lo importante, como en el eslogan, era (sigue siendo) participar.
Esa impagable entrega al mundo del deporte base, que completa con otra faceta no menos altruista en el ámbito cultural, le valió hace unos años a Martínez Salgado el título de Vigués Distinguido.
Hace unos días se celebró el festival anual de Galicia Social. Ante un nutrido auditorio, los reyes del escenario volvieron a ser niños en su mayoría o, lo que es lo mismo, futuras figuras del baile, la canción, el teatro... Fieles a su credo, recuerdan que 42 años después siguen apostando por las categorías base en todas las disciplinas. Y siguen contando con el entusiasmo de Luis.