Hay que reconocer que Abel Caballero cosechó el martes un éxito. Sin que nadie se lo pidiese, y aun frente a la opinión de varios asesores, puso en juego su estampa política y ganó. Miles de personas acudieron a su convocatoria y respaldaron su manifestación. Pretender que esa movilización no existió, como hizo TVG, o ningunearla, como sus adversarios políticos, no es la forma correcta de enfocar el caso. Hay sensibilidades que se están hiriendo y que merecen respeto. Caballero apeló a ellas, apostó fuerte y le salió bien.
Dicho esto, la manifestación fue un ejercicio de excepcionalidad con momentos surrealistas. Acudí a ella con curiosidad, bajo un sombrero que me hacía parecer el inspector Gadget. Y mis más rocambolescas expectativas fueron satisfechas.
Días antes, las cuñas radiofónicas, anónimas, competían en el absurdo. La oficial la suscribía Vigo por Vigo, asociación desconocida de la que lo único que intuimos es su resultado matemático: Vigo al cuadrado. La opositora ni se molestaba en identificarse. Una voz proclamaba: «Vigués, que non te enganen: ¡Non vaias á manifestación do martes!». Debió de ser la primera vez en la historia en que alguien paga para pedir que no se vaya a una manifestación. El edil Calviño publicaba grandes reclamos sobre la reordenación del tráfico, no se sabe si para cuidar la circulación o para reforzar la convocatoria.
La marcha tuvo momentos estelares. Uno de ellos fue en el cruce de Urzaiz y Colón. Unos altavoces proclamaban: «Vigueses, ¡todos con Caixanova!». Imaginamos a Gayoso en su despacho, metros más abajo, atónito ante la adhesión de los clientes. Pocas entidades financieras pueden decir que el pueblo se ha manifestado por su causa.
Asombraba también el silencio. Porque la gente no sabía bien qué corear. Solo el entusiasmo de la Asociación Democrática de Viudas, que marchaba tras una pancarta, animaba el cotarro al grito de «¡Caballero es de Vigo!», lo que demuestra que Ponteareas debería sumarse a la futura Área Metropolitana.
El gabinete de la Alcaldía hizo su aportación al humor, difundiendo que había 300.000 manifestantes. Y el toque final lo puso el propio alcalde, que parecía levitar en su intervención. Para sosegarse, le hubiese venido bien una tila o, para adecuarnos mejor a los tiempos, y calmar los ánimos, una infusión .