Contra el espectáculo

Víctor López

VIGO

La tarjeta amarilla es un arma cargada para los árbitros. Fernando Vázquez proponía su desaparición, y sus motivos eran situaciones como la que se dio ayer en Balaídos. Un equipo domina, juega al fútbol, se nota superior. De repente, una amonestación absurda. Pasan tres minutos, no cuarenta o cincuenta, solo un par de acciones después, Iago Aspas vuelve a ser amonestado. Bernabé García recordaba perfectamente que era el mismo jugador al que acababa de sacar una tarjeta y a pesar, o quizás por ello, le muestra la segunda y lo expulsa. De un plumazo se carga al futbolista celeste con más talento, priva a su equipo de seguir con la misma idea alegre, al espectador que pagó su entrada de ver un partido de igual a igual, también al que está en su casa viéndolo por la tele. Por dos tonterías, y ni una sola patada, uno se va al vestuario.

El fútbol necesita una revisión de su manual. Si en baloncesto existen las técnicas, este deporte tiene que cambiar sus reglas para evitar el incontrolado poder de los colegiados. Mientras no se varíen seguirán dándose situaciones como la de Aspas, y el lamento no remediará por si solo el problema.