«¡Ha llegado el tiempo de la oreja!»

VIGO

El artista sonoro y musicólogo es un entusiasta de los ordenadores portátiles y un adicto a los hoteles que se liberó del lastre de los objetos a través de la antropología

11 ene 2010 . Actualizado a las 12:31 h.

No es por la cercanía del Carnaval que a Chiu Longina le parezca que «¡ha llegado el tiempo de la oreja!». No. El artista sonoro nacido en Pobra de Trives aunque radicado en Vigo desde finales de los 80, reivindica la dignificación de uno de nuestros cinco sentidos, el que tenemos más abandonado a pesar de que él no nos abandona nunca. Y está convencido de que si le prestáramos más atención o un poco de la devoción que profesamos a la imagen y la hegemonía del ojo, «contribuiría mucho a aprender a procesar el placer y curar el malestar general que sufre la sociedad». Y es que aunque parezca una sandez recordarlo, no tenemos párpados en los pabellones auriculares, es decir, que siempre estamos conectados al exterior través de ellos sin posibilidad de cerrarlos de forma natural, como hacemos con la vista.

Chiu Longina es un reconocido creador que entre otras muchas cosas, coordina uno de los colectivos más contumaces del panorama creativo intangible: Escoitar.org. Su empeño en colocar al sonido en el atlas consciente de nuestra existencia -paradójicamente ruidosa-, les ha convertido en unos paladines singulares armados con micros, grabadoras e inventos lúdicos como el macrófono , que recorren el país (escuelas, universidades, museos, centros culturales, etc) agitando conciencias sin hacer ruido y grabando sonidos nimios pero trascendentales como el de una castaña cayendo de un árbol y múltiples paisajes y mapas sonoros del planeta «pero libres, no dominados por los músicos que ordenan el sonido», apunta. Ellos elaboraron, por ejemplo, el mapa sonoro de Vigo, que contiene 35 sonidos únicos y característicos de la ciudad y que está a punto de presentarse.

Protésico y enfermero

Longina llegó al arte sonoro a través de un largo camino plagado de desviaciones. Se formó como protésico dental en Santiago y desde allí llegó a Vigo para estudiar enfermería en el Meixoeiro. Al mismo tiempo, empezó a estudiar Musicología y Psicología, aunque no llegó a terminar esta última disciplina. También trabajó como enfermero durante 9 años, en el Hospital Xeral y en el Centro de Transfusión de Galicia, con intermitentes excedencias, una relación con el sector sanitario que finiquitó en el 2002 yéndose a estudiar Antropología en la Complutense.

Sus estudios de Antropología cambiaron sustancialmente sus costumbres. El trabajo de fin de carrera trataba sobre cómo las nuevas tecnologías cuestionan valores como la posesión y la colección de objetos. «Hice una inmersión brutal en varios net labels , sellos discográficos que solo funcionan en la red y no generan ningún tipo de objeto, y la zambullida fue tan intensa que me empapé de corrientes como el copyleft o el procomún y dejé de lado los objetos», recuerda.

Por ejemplo, coleccionaba discos. «Tenía más de 2.500, todos relacionados con el arte sonoro y su historia. Los regalé». También tenía una colección de libros y revistas relacionadas con el movimiento de música electrónica de los 90. «También la regalé. Y mis libros. Ahora todo lo que tengo está contenido dentro de mis ordenadores portátiles. Pura información almacenada en discos duros. Todo lo que acompaña a mi vida profesional cabe en un disco de dos terabytes del tamaño de una baraja», explica. Pero aunque admite repudiar los objetos se define como «un obsesivo compulsivo con las pantallas», reconoce el artista que defiende la experiencia acústica como línea vital de trabajo. Y además señala que hay toda una generación que cuestiona la posesión de objetos: «No solo no cree en eso sino que piensa que es un peso para la espalda y para la vida, pese a lo importante que es la memoria. Eso lo tengo muy claro. Para avanzar hacia el futuro es preciso mirar por el espejo retrovisor para no perder la perspectiva del pasado, como decía MacLuhan. Yo he conseguido soltar el lastre de los objetos. No los necesito. Pero sí necesito información», concede. Por eso se maneja cada día con más de siete aparatos y está conectado las 24 horas, por trabajo y por placer, ya que alguno de ellos lo utiliza sólo para proyectar series de televisión americanas, «que han adelantado por la derecha al cine igual que el diseño ha hecho lo propio con el arte contemporáneo», advierte.

Pasión por los hoteles

Chiu, filósofo del estrépito y el murmullo canalizador del disfrute, también es un fanático de los hoteles. «Me encantan. El 50% de lo que gano lo reinvierto en un buen hotel. Mi obsesión por ellos simboliza el deseo de no tener ningún tipo de pertenencia», asegura.