La vida de los árboles en las ciudades tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. En el lado de las buenas, un cuidado continuo por parte de un equipo de jardineros. Y también una cierta protección frente a vientos y a incendios. Por el lado de las malas, un aire viciado, poca luz, golpes varios, riegos deficientes...
Si a todas estas calamidades le sumamos que el árbol en cuestión no esta suficientemente preparado para la vida urbana... En la calle Pintor Colmeiro, esquina con la calle Zaragoza, uno de los naranjos amargos no resistió la tormenta de las pasadas horas. Su calibre era muy inferior al que marca la ordenanza de parques y jardines en su artículo 21: «As dimensións dos troncos das árbores non será inferior a 16-18 cm. de perímetro, medido a un metro trinta (1,30) de altura de tronco; a altura, anchura, lonxitude das polas, será proporcionada e equilibrada». Si se respetase la ordenanza este naranjo amargo no hubiese tenido ningún problema. El ejemplar que quebró hace unas horas no llegaba a los seis centímetros de calibre. La razón principal de este incumplimiento es el dinero. La diferencia entre uno y otro puede llegar al triple. Por cierto, se trata de una obra recepcionada por el Concello e inaugurada la semana pasada.