Un día habrá muertos

VIGO

Los turistas del Independece of the Seas se arremolinaban en la borda, atónitos con el espectáculo. Contenedores en llamas, barricadas, cócteles molotov, balas de goma, manifestantes embozados, antidisturbios? Alguno volvió a su camarote a comprobar el programa del crucero: ¿Pero había una escala en la franja de Gaza?

La escena es lo menos parecido a aquellas arribadas del Pacific Princess a Puerto Vallarta. En Vacaciones en el mar, los pasajeros tiraban serpentinas y el capitán Scully hacía sonar la bocina. Aquí, si el crucerista asoma la cabeza, lo fácil es que le caiga un botellazo.

Vamos, sin embargo, a obviar el daño que al puerto de Vigo y al turismo de cruceros le hace el vandalismo de las manifestaciones del Metal. Ignoremos, también, la penosa imagen que ayer dio la ciudad en todos los telediarios. La batalla campal entre policía y manifestantes tuvo más minutos en los informativos que la salida de la Volvo Ocean Race y el Desafío Atlántico juntos.

Pasemos también por alto el daño que se está haciendo al mobiliario urbano de la ciudad. Y tampoco computemos los gastos derivados de la quema de autobuses, rotura de escaparates y destrozos diversos en turismos y motocicletas. Olvidemos todo esto y aceptemos, como pretenden los sindicatos del sector, que estos despropósitos no son sino daños colaterales para alcanzar un bien mayor. Y pasemos a estudiar ese bien, que con tanta contundencia persiguen.

Los sindicatos reclaman un aumento salarial del 6 por ciento. «Y no aceptaremos nunca menos de un 4», según afirmaba un portavoz. La patronal, por su parte, está dispuesta a llegar a un 1,9%.

La distancia para llegar a un acuerdo está, pues, en un 2%. Según los sindicatos, el salario medio en el Metal es de mil euros. Por ello, lo que se discute, lo que motiva esta huelga salvaje, asentada en el vandalismo, se traduce en 20 euros mensuales en cada nómina. Para lograrlos, los sindicalistas del ramo han llevado a sus compañeros a una huelga que ya les ha costado 400 euros en cada nómina de mayo, y va camino de costarles otros 600, en la de junio, según datos de los propios convocantes.

Para ganar 240 euros al año, los sindicatos llevan a sus compañeros a perder mil. Y, a los vigueses, a perder millones en mobiliario urbano, horas de trabajo, gasolina y paciencia. ¿Merece de verdad la pena esta salvajada por semejante «beneficio»? Porque, además, ya hay heridos y cualquier día habrá muertos.

Resulta evidente que, con esta huelga, los sindicatos se están equivocando. O tal vez, no. Porque pudiera ser que lo que buscan lo estén consiguiendo. Y que sea una estampa vista el miércoles, cuando en la plaza do Rei los líderes sindicales se subieron a un estrado, dictaron la línea de acción y el calendario de paros, mientras sus compañeros, constituidos en público, se limitaron a aplaudir. A lo mejor, se trata de eso.