Todos, del Calvario

VIGO

Hay que cambiar la toponimia de Vigo. Porque, en la actualidad, todos somos del Calvario. Cierto que no todos vivimos en ese añejo barrio oriental, pero de un tiempo a esta parte podemos presumir de ello. «¿Dónde vive usted?», nos pregunta el funcionario. «¡En el Calvario!», contestamos nosotros con entusiasmo. «Pues en su carné pone que en A Florida», objetará nuestro interlocutor. «Efectivamente -responderemos nosotros- en el Calvario de la Florida».

Desde que se estrenó 2009, todos los vigueses vivimos en el Calvario. Y poco importa que sea en el Calvario de Coia, en el Calvario das Travesas, en el Calvario de Teis o en el Calvario de Casablanca. Tal y como están las calles de obras, vallas, ruidos y cortes de tráfico, podemos equiparar todo Vigo al histórico monte Gólgota, situado en las afueras de Jerusalén, y donde se crucificaba a la ciudadanía de hace dos milenios.

Todo Vigo es un Calvario, porque se tomó la impactante decisión de construir cuatro aparcamientos subterráneos al mismo tiempo. Las obras comenzaron al unísono en Policarpo Sanz-García Barbón, avenida de Castelao, Jenaro de la Fuente y Pintor Colmeiro. Estratégicamente repartidos los trabajos en los cuatro puntos cardinales de la ciudad, el caos era previsible.

Para más inri -que viene muy al caso- el presidente Zapatero diseñó el Plan E, un programa de promoción del empleo, que destinaba dineros para obras en cualquier municipio, siempre que éstas concluyesen en el plazo de un año. Incapaces de tener una idea original, los alcaldes de toda España se pusieron a cambiar aceras.

El caso vigués está muy lejos de ser único. Basta viajar a León, Oviedo, Toledo, Sevilla, Granada o Cádiz, como yo mismo he hecho recientemente, para comprobar que está el país entero en obras. Y que la industria de la loseta va camino de hacerse un hueco en el Ibex 35. Sin embargo, lo que no ocurre por ahí es que estas obras coincidan con las mayores excavaciones jamás realizadas. Y que, además, deje bastante que desear el dispositivo diseñado aquí para minimizar las molestias.

El resultado del asunto es bien conocido. Y no se intuye una mejoría a medio plazo. Entre otras razones, porque aún restan por ejecutarse los aparcamientos de Areal y de Rosalía de Castro, a la espera de nuevas ocurrencias.

En esta situación, por tanto, todos vivimos en el Calvario. Un barrio donde, a los recientes cortes de luz y de gas, se sumaron el viernes los del agua corriente. Ver a los vecinos acudir a las fuentes, incluso para asearse por la mañana, no debería ser un motivo de orgullo para alcalde alguno. No se duda de que nos estén «mellorando o futuro». Pero no estaría de más que nos arreglasen un poco el presente que, al fin y al cabo, es el instante histórico en el que -llámenos maniáticos- acostumbramos a vivir.