El Vigo de Charlot

VIGO

«¿Es aquí el congreso sobre Charlot?». Un hombre muy simpático, admirador de Charles Chaplin, se presentó el pasado jueves en el Congreso Internacional sobre la Reconquista creyendo que iban a hablarle del cómico genial. «¿No es aquí lo de Charlot en Vigo?», decía. Y, no. Era lo de Chalot, comandante francés durante la ocupación de hace dos siglos.

Con la Reconquista que recordamos hay cierta empanada. Y no solo por este buen hombre que confundía al militar con el artista. En las últimas semanas, han aparecido algunas voces que afirman que este bicentenario nunca debió celebrarse. «Nos equivocamos de conmemoración», dicen estos señores, y aún se atreven a acusar de ignorantes a quienes piensan que hay razones, muchas, para analizar, celebrar y recordar lo que ocurrió en Vigo en 1809.

Es curioso que, en el mismo congreso donde no se habló de Charlot, catedráticos de la Sorbona, Oxford, Liverpool o Stirling disintiesen con voces tan pintorescas. Incluso se reían, asombrados: «Ah, pero ¿hay gente aquí que piensa así?» Para algunos, Carolo, muerto en la Gamboa, fue el responsable del regreso del Absolutismo.

Por un extraño proceso mental, una sinapsis neuronal fallida, hay quien afirma que los vigueses de hace 200 años lucharon por el Absolutismo, por el Antiguo Régimen y por mantener atrasado al país, en un orden más cercano al Medievo que a la modernidad. Y no es cierto. Los vigueses que hace dos siglos dieron su vida por reconquistar Vigo, lucharon porque los franceses violaban a sus hijas, asesinaban a sus familias, quemaban sus casas y arrasaban sus cosechas. «Aquellos labriegos y marineros ni siquiera sabían qué era el absolutismo», dijo en su conferencia Xosé Ramón Barreiro, presidente de la Real Academia Galega y máxima autoridad sobre la época.

La Reconquista de Vigo, primera plaza de Europa que expulsó de forma permanente a las tropas napoleónicas, fue un hecho de paisanos, sin ayuda de nadie. Y la revuelta, como tantas otras en la Península, derivó en las Cortes de Cádiz y en la Pepa, la primera constitución de España. Que luego viniese Fernando VII y se la cargase, que ese rey ominoso aplastase a los liberales y a su carta magna, no puede ser culpa ni de Cachamuíña ni de Carolo. Pero está visto que tenemos que convivir con quienes piensan que la culpa de la traición fernandina la tuvo cada uno de los cientos de paisanos que murieron en aquellos días terribles.

Esas voces, que se permiten saber más que los catedráticos de Oxford y de la Sorbona, o que el profesor Barreiro, son las típicas para las que todo lo de fuera es mejor que lo propio. Estoy seguro de que muchos de ellos marcharían encantados a festejar derrotas como las de Zaragoza, 2 de Mayo o Girona. La victoria de Vigo les asquea porque es de aquí. Y ellos, claro, regalándonos a los vigueses con su sola presencia y existencia, no pueden soportar vivir en un sitio donde pasó algo, que además es conmemorable. Triste Vigo. Triste país... ¿Entre qué gente estamos?