Palo mayúsculo en la vuelta a casa. Cuando más necesitaba el triunfo el Celta después de su peregrinar estéril, el Castellón volvió a ejercer de bestia negra. Ni Trashorras, con media hora que Pepe Murcia debiera guardar como vídeo de cabecera, pudo arreglarlo. Los miedos celestes se estrellaron contra el orden orellut y el cuadro vigués queda tocado. Enganchado por un hilo al pelotón de la esperanza pero transmitiendo una imagen desazonadora de impotencia que tan solo arregló en parte el chairego. Y aunque su magia no hace milagros debería ser suficiente para ser titular.
El Castellón marcó los tiempos del primer acto. Amortiguó la salida ambiciosa del Celta y redujo sus ocasiones a lo testimonial. Negó las bandas a los vigueses -Dani Abalo enseguida se fue difuminando- y llevó el partido a un ritmo tan lento que todos los movimientos eran demasiados previsibles, con centenares de pases horizontales y pelotazos varios que tan solo beneficiaban al conjunto mejor posicionado.
Los orellut fueron de menos a más. Se estiraron lo justo y crearon ocasiones cada vez que pisaron área rival. De cuatro llegadas rentabilizaron dos. Una con una golpe inapelable de Arana y otra con un regalo arbitral, porque Melero López se sacó de la chistera un penalti fruto de un piscinazo de Ulloa. Notario adivinó la trayectoria del golpeo de Mario Rosas, pero el balón acabó en el fondo de las mallas.
Un poco antes, los celestes habían disfrutado de su única ocasión real. Un cabezazo de Rubén, pegado al palo que repelió Carlos Sánchez. Lo demás habían sido fuegos de artificio.
Pepe Murcia, que volvió a apostar por su imagen conservadora, no movió el banquillo a la vuelta del vestuario. Esperó casi un cuarto de hora para dar entrada a Ghilas y Trashorras, casi a la desesperada, dejando a Oubiña -que estrenaba capitanía- como único pivote. El lucense, aunque demasiado solo y desasistido al menos convirtió un tostón de partido con encefalograma plano es una pasarela de calidad. No porque marcase de penalti, enviase una falta del travesaño y obligase a Carlos Sánchez a desviar otro balón parado envenenado, sino porque dibujó el fútbol que nadie tenía en su cabeza. Buscó las bandas con desplazamientos largos, a Dinei por dentro y incluso se atrevió con algún disparo. Pero nadie le acompañó. El ariete brasileño no puede ser letal cuando juega a 40 metros de la portería rival, Dani Abalo vivía su particular día de la marmota y Ghilas se enrocaba solo en el costado izquierdo.
El único rayo de esperanza celeste llegó en un gol anulado a Maris por presunto fuera de juego y por el tanto de penalti del propio Trashorras. Pero era demasiado tarde para enmendar la plana. Tal era la esquizofrenia de los vigueses, que acabaron discutiendo sobre el punto de penalti quién sería el ejecutor. Un fiel reflejo del palo descomunal que rondaba por sus cabezas. El Celta pudo conectar con la cima, pero tuvo miedo y de nuevo se queda anclado en tierra de nadie. Lo normal cuando se suma un punto de los últimos doce posibles.
El Castellón marcó el curso pasado el hundimiento celeste. Con tanta liga por delante que no se repita la historia. Trashorras y diez más pueden arreglarlo.