En este momento, ser conductor de la línea Circular Centro de Vitrasa merecería un plus por parte de la empresa de transporte público de Vigo a sus hábiles trabajadores al volante, si es que son capaces de no perder la paciencia. Los chóferes del bus ya lo tienen habitualmente complicado por la estrechez de vías como la calle Barcelona, pero ahora, con las obras, se ha convertido en una auténtica yincana. Además de sortear la habitual doble fila, el desafío que podríamos bautizar como Copa Vigo Rally Urbano Colectivo, se multiplica en un recorrido salpicado de obstáculos.
La doble fila ya es un asunto asumido con resignación por los autobuseros. El espacio será infinito cuando nos asomamos al abismo de la galaxia, pero cuando nos referimos a las angostas calles viguesas que llevan el nombre de esa España con la que sueña Rajoy: Zamora, Zaragoza, Salamanca, Tarragona, etcétera, el espacio es lo que es y lo que no cabe, no cabe. Así, los conductores de Vitrasa que bajan por Barcelona y suben por Zamora se están sacando un máster en conducción temeraria -o temerosa- librando conos, carretillas, excavadoras, volquetes, operarios, vallas, zanjas y camionetas de reparto que no pueden aparcar.
El chófer baja y sube por este recorrido con una mano en el volante y la otra apoyada en la ventanilla. ¿Porque tiene calor? No, porque a su paso, aproximadamente cada veinte metros, va doblando con la mano los retrovisores de los vehículos que por milímetros le cierran el paso. Los pasajeros, hasta aplauden.