Cinco siglos intramuros entre maitines y vísperas

Soledad Antón soledad.anton@lavoz.es

VIGO

06 oct 2008 . Actualizado a las 11:55 h.

Son las actividades que copan el día a día de las siete monjas que comparten clausura en el convento tudense de las Clarisas. La apertura del programa conmemorativo de su quinto centenario trastocó su rutina y las tenía ayer más ocupadas de lo habitual. «Siento no poder atenderla, pero es que estamos preparándolo todo», respondió al otro lado del teléfono Concepción Varela, la hermana tornera después del consabido «Ave María Purísima inicial».

Cuando escucho esta frase no puedo por menos de acordarme de la amiga que acudió un día al convento en compañía de un hijo de corta edad a encargar uno de esos riquísimos postres que elaboran. Tras hacer sonar la campanilla, al otro lado del torno la monja saluda con el obligado Ave María Purísima. «Sin pecado concebida», responde mi amiga. El pequeño, perplejo, la mira con admiración antes de preguntar «y tú cómo sabes la contraseña».

Lo cierto es que como intramuros las prisas son relativas, Concepción aún tiene tiempo para contarme que las cosas no son exactamente como nos las imaginamos los legos. Escuchándola una llega a la conclusión de que su horario es más que apretado y, desde luego, la holganza no es palabra habitual en su su diccionario.

Explica la hermana tornera, por cierto la más joven de la casa con 61 años, que a las 6.30 de la mañana están todas a pie de reclinatorio. Antes de que den las nueve, que es la hora del desayuno, ya han rezado maitines, tercia, han asistido a misa... Es después de la primera comida del día cuando, sin dejar de mirar el cielo, se visten el traje de faena y cada una se dirige a su trabajo. María Dolores Jaso, a la que todos conocen como la hermana Ángela, es la única que tiene bula. Su delicado estado de salud no solo le impide realizar cualquier tarea, sino que una parte de las de otras compañeras incluye su cuidado. La receta que no desvelan ni en secreto de confesión. Entre los cometidos diarios figura, claro, la repostería. Sus tartas y especialmente sus pececitos de almendra son bien conocidos en muchos kilómetros a la redonda. Marina Vázquez es la directora del apartado repostero. Igual que el resto de las monjas (Carmen Rodríguez, Rosario Álvarez y Herminia López, además de las citadas) guarda como oro en paño una receta que ha pasado de generación en generación de Clarisas y que no están dispuestas a contar. La hermana Concepción se ríe cuando le pregunto si lo desvelarían en secreto de confesión. «Pero si no es más que una mezcla de almendra y azúcar», dice restándole importancia.

Ya metidas en harina, me invita a hablar con la superiora, Elena Rodríguez Pombo, si quiero conocer el convento. Trasluce en su invitación cierta inusual querencia por los periodistas. «Tengo una sobrina que trabaja en la tele», explica. Eso sí, no la ve porque salvo los domingos un ratito no encienden la televisión. «La única que la ve es la hermana Ángela: así estamos al tanto de la actualidad».

Para las siete Clarisas de Tui dicha actualidad pasaba ayer por una misa vespertina concelebrada por el obispo, José Diéguez y cantada por la coral de la Catedral, por un refrigerio posterior que ellas mismas prepararon para agasajar a concelebrantes y cantantes, y por la inauguración de la muestra Cinco séculos desposadas... En suma, un agite inusual. Pero es que 500 años no se cumplen todos los días.

No puede decirse que el celtismo tenga mucho que celebrar últimamente. Pese a todo, los verdaderos forofos se conocen porque no dan la espalda en las duras. Es lo que le pasa a Kiko Vázquez. El propietario de la cafetería El Tercer Tiempo y su mujer, Teresa Castro, fueron papás el pasado jueves. Apenas tenía Sabela, que así se llama la pequeña, un par de horas de vida cuando Kiko salió del hospital con la disculpa de que iba a inscribirla en el Registro Civil. Y sí, la inscribió, pero antes se pasó por las oficinas del Celta para hacerla socia (tiene el carné número 12.522) y, ya de paso, por la tienda del club para comprarle el equipaje. «Si me dejara la madre, que no me va a dejar, la llevaba el miércoles al partido de Copa», afirma el feliz padre.

Si yo fuera Carlos Mouriño, Sabela tendría de por vida un sitio en el palco. Como las cosas no mejoren va a haber que mimar mucho a la cantera de hinchas. Pero mucho, mucho.