Resulta asombroso que, casi cuatro años después del cambio de gobierno en la Xunta, la Federación Vecinal de Vigo ande pidiendo firmas para promover la creación del Área Metropolitana. Asombra, porque ha pasado mucho tiempo desde que la primera propuesta, que Fraga aplazó deliberadamente, fuese aparcada. Asombra porque sus sucesores, que entonces se rasgaban las vestiduras, han sido incapaces de sacarla adelante. Asombra, porque Santi Domínguez firma y Abel Caballero, no. Asombra, porque ambos son socios aquí y en el gobierno de Galicia. Asombra, porque Corina Porro rubrique lo que vio demorar con los suyos en Santiago. Asombra, porque escuchamos hablar a dos partidos, cuando no mandaban, de modernizar la administración territorial del país. Asombra, por ver al teniente de alcalde firmando en la calle, al alcalde inhibiéndose y a la concejala de la oposición hablando de lo que nadie -tampoco- en su partido habla.
La estampa del viernes en la plaza de la Princesa es, sin duda, asombrosa. En presencias y en ausencias. Por acción e inacción. Y tiene, también, un punto grotesco.
Cuesta pensar que el alcalde no se pliega a criterios partidistas cuando no se pronuncia en este tema, salvo para hablar del número de ayuntamientos que han de integrar el ente. Su desinterés resulta preocupante. Un par de declaraciones, defendiendo la ampliación del número de municipios, es lo único que sabemos de él. Aún no nos ha explicado -y sería fácil hacerlo- por qué Vigo necesita un área metropolitana, cómo se financiaría, qué competencias tendría y cuál sería su poder real. Para resumir, sería bueno saber qué diablos estamos pidiendo.
Tampoco parece lógico ver al socio de gobierno firmando en la vía pública el apoyo a una iniciativa vecinal que, a través de su formación política, podría haber reivindicado en foros más eficaces, como el Parlamento autonómico, o incluso en las mismas reuniones del Consello de la Xunta de Galicia.
Y resulta igualmente ridículo que Corina Porro, líder de la oposición, abandere ahora una causa que su partido, cuando gobernaba, se encargó de dinamitar, amagando con hacer algo para dejarlo morir en vísperas electorales.
La estampa de la plaza de la Princesa, con sus presentes y sus ausentes, resulta desde luego sorprendente. Pero, de no ser así, si nos parece en cambio lógica, si no nos mueve al asombro, estaremos asumiendo que nuestros representantes tienen tan poco peso político que se dirigen a sus partidos con firmas callejeras, o que se encierran en sus despachos porque ni se atreven a formular sus demandas, si existiesen, ante sus propios correligionarios.
Sólo queda felicitar a la Federación Vecinal, no ya por organizar una recogida de firmas para que se cree el Área Metropolitana. Sino, sobre todo, por exhibir, bien a las claras, lo ridícula que puede llegar a ser, a veces, la forma viguesa de hacer las cosas.