La principal avenida de la villa turística solo tiene dos sitios donde poder sentarse y además están en muy mal estado
11 sep 2008 . Actualizado a las 11:46 h.La calle Elduayen es la principal avenida de Baiona, pero solo tiene dos bancos donde sentarse y, encima, están defectuosos. El Ayuntamiento no los cambia desde hace más de treinta años y utilizarlos puede suponer un verdadero peligro para los usuarios.
Este verano ya se han producido varios incidentes. Luis Sotelo, pensionista de 60 años de edad, se dio un porrazo contra el suelo hace quince días, cuando disfrutaba de la tarde en el banco ubicado frente al Pazo de Mendoza. Había una señora sentada en el otro extremo, y cuando ésta se levantó, el banco cedió y acabó desplomándose en la vía pública.
Los mayores que acostumbran a reunirse en este lugar cuentan que ha habido más casos este verano. Afirman que ya están cansados de esta situación. Van de mal en peor. Hace dos años había cinco bancos y hoy en día solo quedan dos.
El Concello los ha ido retirando a medida que se iban estropeando, pero no ha repuesto ninguno, como ha hecho en otros lugares del Concello, caso del parque de A Palma o en el entorno de la antigua Colegiata.
Las terrazas de las cafeterías han ido ganando todo el espacio en la calle y ahora imponen una dictadura que hace casi imposible que se pueda estar sentado tranquilamente en la calle Elduayen sin necesidad de consumir algo por obligación. Las mesas y sillas que inundan la calle en verano también han inutilizado los bancos de piedra de la plaza Pedro de Castro, donde también se sentaban las personas de la tercera edad.
Los mayores quieren seguir disfrutando del mismo lugar donde se han reunido siempre. Hay más sitios para sentarse cerca, como el paseo marítimo, pero se niegan a achicharrarse al sol. En la calle Elduayen están muy bien porque disfrutan de la sombra de los árboles. A pesar de todo, ellos continúan fieles a su lugar de siempre. Hay costumbres que no se pueden erradicar de la noche a la mañana. El banco se tambalea cuando alguno de ellos se mueve. «Si cabemos aquí, seguro que también cabremos en el cielo», comenta Marina Iglesias a sus 82 años de edad.