La tribu viguesa vivió en la década de los setenta una época de desaliento, en la que su bandera solo era mantenida en pie por Leri_el mismo que dijo «Yo, Playas»_y su grupo de irreductibles «yoplayeros». Todo lo que venía de fuera era mejor que lo propio. Sí, se mantenían lejanas leyendas de un tal Cachamuíña, que enfundado en sus mallas y su capa aunque sin antifaz, espantó a los franceses invasores. Pero, poco más.
La renovación tenía que venir de abajo. Y llegó por el camino menos esperado: el despiporre. A la sombra de la movida, cuya teoría filosófica era hazlo ya y a poder ser de noche, un puñado de chavales renovaron el espíritu de los altos castros. Entre ellos, estaba Siniestro Total.
Una noche, en Castrelos, estos hijos del Calvario decidieron enarbolar la bandera roja y blanca, cantarle a Samil y decir aquello de Ayatolah..., aunque esa es otra historia. De pronto, los de fuera miraron hacia aquí, y los de aquí, que solo mirábamos hacia allí, nos dijimos: «Qué pasa aquí». La reafirmación local estaba en marcha, como el resto de las cosas en la ciudad.
También estaban Os Resentido, Golpes Bajos, Aerolíneas Federales, junto a muchos artistas varios, actores, taberneros con turno de noche, diseñadores y peluqueras. Pero, cada vez que Siniestro Total acudía a su cita con Castrelos, algo mágico pasaba en el entorno. Algo que trascendía a lo puramente musical.
Pasaron los años y Siniestro Total vio como desfilaban sus caras más veteranas y aprendían a tocar, pero cada vez que regresaban a Castrelos, algo mágico pasaba en la vieja finca de los Quiñones de León.
El vigués de camisa nueva quizá nunca haya oído hablar de esta historia, pero tiene esta noche la posibilidad de comprobar, si el tiempo lo permite, cómo los vigueses aprendemos a reírnos de nosotros mismos con imaginación y muchas ganas de diversión.
Así que, ya lo saben, los más jovencitos se situarán esta noche en la primera fila del auditorio, mientras que los históricos quedarán en la zona de las barras. Los de siempre, en la barra que se sitúa a la derecha del escenario. El resto, arriba, que tampoco se está mal, aunque hay que acordarse de llevar un periódico para sentarse. Allí nos vemos. «Vigo es una nación y el Celta su selección».