Peinador necesita una ampliación y un recorte. La primera, de la pista de aterrizaje, que permita llegar a aviones más grandes y que mejore los sistemas antiniebla. Con ello acabaremos con los ya clásicos retrasos y cancelaciones, que han conseguido que en invierno no tengamos un aeropuerto que ofrece servicio de cafetería, sino una cafetería que, a veces, ofrece servicio de aeropuerto. En lo que atañe al recorte, es más común y lo demandan ciudadanos de toda la UE: que se termine de una vez con los ridículos controles en las puertas de embarque. Y un reciente anuncio nos permite abrigar alguna esperanza.
La humillación del aeropuerto podría tocar a su fin. La UE ha anunciado que, a partir de septiembre, estudia eliminar el Reglamento 1.546, que nadie conoce por su número, pero que millones de personas padecemos. La norma es la que impide llevar líquidos en el equipaje de mano, permite revisar bolsas y ordenadores con auténtica saña o nos obliga a descalzarnos para que nos pasen por rayos «X» los zapatos. Tras insistentes protestas, la Comisión Europea comienza a reconocer que se ha pasado. Ya no por el trato vejatorio a que somete a sus ciudadanos, sino porque ahora resulta que el reglamento es ilegal. Algún genio de Bruselas pensó que, para hacer la norma más segura, se consideraría secreta y no sería publicada en el Boletín de las Comunidades Europeas, que es el BOE continental.
Así que a la normativa le quedan dos telediarios, pero por de pronto nos la hemos de tragar todo el verano. Para volar estas vacaciones tendremos que seguir sacándonos el cinturón, el reloj, las gafas y el sonotone. Continuaremos sacando el portátil de su bolsa, mostrando los bolsos, vaciando nuestros bolsillos y, si por alguna razón pitamos, nos dejaremos cachear largamente, mientras nos pasan por el cuerpo una especie de batidora con luces. En el catálogo de idioteces que nos hacen practicar sabemos además que cada país ha aplicado la normativa a su gusto. Y así, una ensaimada puede volar de Mallorca a Berlín como equipaje de mano, pero está prohibida entre Berlín y París, donde te la tirarán a la basura por su potencial capacidad para ocultar explosivos. Lo que más sorprende de todo esto es ver como luego, en Bruselas, se sorprenden de que les tumben las constituciones y los tratados. «¿Qué habremos hecho?», dicen. Estas cosas, señores burócratas europeos; estas medidas absurdas y lejanas al pueblo son las que ustedes van haciendo.