La aldea es ese lugar al que se marchan todos los vigueses el fin de semana. La aldea provoca atascos en O Porriño los domingos por la tarde, cuando todos los vigueses regresan a su domicilio laboral.
La aldea es la culpable de que Vigo no tenga un registro censal más numeroso, porque el apego del vigués a su aldea es tal que casi nunca la traicionará para censarse en Vigo, aunque después se beneficie de muchos servicios públicos existentes en su lugar de trabajo.
Los frutos de la aldea llenan las bodegas de los edificios cada domingo por la noche. Huelen a vino, a cebollas y a patatas. Todo del país.
Los niños vigueses que no tienen aldea envidian a los niños vigueses que tienen, porque éstos les hablan del río y las aventuras exóticas que allí viven durante el verano, y los niños vigueses que no tienen aldea se imaginan a sus amigos en las mismas peripecias vividas por Huckleberry Finn y Tom Sawyer, pero en vez de transcurrir en el Mississippi se desarrollan en cualquier afluente del río Miño.
El Celta no tiene más socios por culpa de la aldea. A ver quién se pierde un fin de semana de aldea por pagar para ver a unos hombres hechos y derechos en pantalón corto corriendo detrás de un balón, ¡Y por encima empatando a ceros!, que es peor que perder por goleada.
Todos los bares de Vigo tienen vino del país, concretamente de la aldea del propietario, que los cultiva agarimosamente el resto del año. En la aldea, el vigués, que durante la semana es soldador, montador de coches o taxista, se transforma en agricultor; prepara las viñas, siembra patatas, recoge manzanas...
El vigués que tiene aldea solo traiciona a su amado terruño el día de la procesión del Cristo de la Victoria o para ir a la playa de Samil, en donde come en una mesa con muchos de sus vecinos de la aldea.
El vigués es feliz en su aldea y anhela la jubilación para vivir todavía más feliz en ella.
Vigo mismo nació siendo una aldea. O una confederación de aldeas, según las últimas interpretaciones realizadas por los arqueólogos que estudian el pasado del lugar. Por eso, todos los que proceden de una aldea se sienten tan a gusto en Vigo, aunque siempre quieran volver a su aldea.