Locos con el Tour

VIGO

19 jul 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Ver el Tour es uno de los grandes placeres del verano. Contemplar cómo sudan los demás proporciona una satisfacción indescriptible. Mientras Óscar Pereiro se machaca en los Alpes, tú te tomas tan ricamente un refresco. Y, si la etapa se pone emocionante, te permites hasta dar órdenes. «¡Vamos!», gritas. Pero no es cierto. El único que va es él.

En cierto sentido, ver el Tour te prepara para la jubilación, porque es como ir a ver obras. Y responde al clásico laboral español: Uno trabaja y el resto mira.

Este año, la carrera está emocionante. No hay etapa sin feroces ataques y la clasificación general lleva loca desde que comenzó la carrera. Por desgracia, se han repetido las malas noticias de siempre: Las expulsiones por dopaje. Pese a los escándalos, algunos ciclistas siguen yendo más empastillados que en muchas discotecas de Ibiza. Cuando el público les tira botellas de agua, no es solidaridad: Es una indirecta.

Estos desaprensivos deben ser los que llaman «los profesionales del pedal». Van allí, en su bicicleta, y ven hasta a la serpiente multicolor. Que les saluda, y todo. Y no es que vayan cambiando de marcha: Es que la llevan puesta.

El asunto es, sin embargo, para ponerse serios. Por si no fuese ya un drama que el actual vencedor de la prueba, Alberto Contador, no pueda defender su título, por la sanción al Astana, el escándalo continúa, con dos españoles expulsados por dar positivo con efedrina.

Pasan los años y la mafia del dopaje sigue castigando al ciclismo. De modo que, con el tiempo, se terminarán cargando este noble y espectacular deporte. Básicamente, porque el aficionado ya no sabe qué está viendo: Si la proeza de un hombre o la de su boticario de cabecera. Es difícil no sospechar de todo cuando se descubre la desdibujada frontera entre física y química.

Cuando, hace unos días, dos ciclistas del Saunier entraron juntos en meta, primero y segundo, un amigo ocurrente observó: «Se conoce que han desayunado lo mismo». Y era verdad.

Confiemos en que el tiempo, y la persistencia de los «vampiros», terminen de una vez con esto, después de un puñado de escandalosas ediciones, con los campeones expulsados o desposeídos del título. Los apasionados del ciclismo estamos locos por que termine esta vergüenza. Y, sobre todo, por seguir desplomándonos tranquilamente en el sofá todos los veranos para ver cómo sudan los demás.