Caminatas y buen apetito

Soledad Antón soledad.anton@lavoz.es

VIGO

19 feb 2008 . Actualizado a las 11:18 h.

Se hace camino al andar. Y, visto, lo visto, tenemos los vigueses muchas, pero que muchas ganas de hacer camino. Para muestra, el botón del domingo. No las llevaba todas conmigo cuando enfilé Beiramar cara al pantalán de Bouzas, enclave de la cita prefijada. Igual nos juntamos cuatro y el tambor, pensé. Gran error. La invitación de Xesús López y Xavier Alonso, a la sazón concejales de Cultura y Deportes, tuvo algo más que un gran predicamento.

Quinientos caminantes (caminante arriba, caminante abajo) nos pusimos en ruta. De todas las edades y de todos los colores. Apenas unos metros después de iniciarse la marcha, empezaron las complicidades entre marchosos. «No hubo manera de convencer a mis hijas para que me acompañaran», se lamentaba José Luis. «Hoy viene toda la familia a comer. Si cuando lleguen no hay nada preparado, que vayan empezando», explicaba Pili a Nieves. «Es una pena que se haya perdido la rica toponimia costera», se lamentaba el hombre bajito de gorra que, a buen paso camino del Museo del Mar, ofreció una lección de historia cercana a los que estábamos tres metros a la redonda.

Así supe (nunca es tarde) que fueron los rusos, aquellos autobuses que en los 60 y los 70 hacían la mítica ruta Encarnación-Canido, los que modificaron (sin quererlo) la toponimia playera. «Para frente al bar Los Olmos, luego junto a la fuente, en el bar Azul...», era la cantinela que repetía el conductor a los viajeros. Lo que no fueron más que nombres de bares que servían de puntos de referencia, se transformaron con el paso del tiempo, en topónimos.

Museo del Mar, primera estación. Paradita recuperadora y, de paso, un poco de historia del enclave a cargo de Pablo Carrera. Desembocadura del Lagares, segunda estación. En este caso para que Álvaro Santos contase las bondades de la xunqueira como depuradora natural. Dunas de O Vao, tercera estación. Y finca Mirambell, cuarta y última, en la que Fermín Pérez recrea toda su sapiencia sobre el asentamiento romano. Han pasado más de tres horas desde que nos encontramos en el pantalán de Bouzas, pero nadie tiene prisa. Me despido de Pilar, que promete enviarme una foto para que de fe de las ganas que tenemos los vigueses de pasar buenos ratos al aire libre. Y Pilar cumplió la promesa.

A las 14.30 horas del primer sábado después de Carnaval es la cita. Es el santo y seña de la peña Os de sempre de Lugo en Vigo. Haga frío o calor, suba o baje la bolsa, gobiernen unos, los otros o los de más allá, el cocido es sagrado. Desde hace más de 40 años. Hay una segunda norma no escrita (casi mejor) que hace que solo se sienten hombres a la mesa. Está claro que la ley de paridad no les afecta.

El caso es que este sábado fue el primero después de Carnaval y, claro, tocó reunión amistoso-gastronómica. Polo Rodríguez y José María Gasalla se encargaron de la organización. Entre los que dieron buena cuenta del menú, estaban Francisco López Peña, Manuel Pérez, Rubén López, José María Palmeiro... Al final, todos recordaron a Carlos Coladas, uno de los históricos ya fallecido. Su hijo recogió una placa con su nombre. Y, después del último brindis, quedaron para el próximo año a la misma hora.

Cuando el bar Lobo de mar vuelva a abrir sus puertas (en el mejor de los casos dentro de un año) todo será diferente para que nada cambie. El viernes se despidió de la clientela. Con gran dolor de corazón por ambas partes. 35 años lleva María Vázquez al frente de los fogones del emblemático local del Casco Vello. Veli Domínguez, su hija, muchos menos sirviendo mesas. Ahora, mientras esperan que derriben y vuelvan a levantar el edificio, van a tomarse esas largas vacaciones que nunca tuvieron. Sobre todo María.

Recuerda que cuando ella tomó las riendas los principales clientes eran los marineros de O Berbés. Cuando a las doce o la una de la madrugada llegaban del primer lance, aparecían con parte del pescado recién capturado, que María preparaba. Era su hora del bocata. La operación se repetía tras el segundo lance. Los pescadores ponían los peces y el hambre y María los fogones y el vino.

Luego las cosas en la Ribera cambiaron y hubo que reciclarse. Con todo, la variopinta clientela sigue estando muy vinculada al mar. Y en la despensa del Lobo de mar priman los pescados. Lo que haya en la plaza. Tan de mercado es la cocina, que no hay carta. Ni abrían domingos ni festivos. Precisamente porque no hay mercado. Más fresco, imposible. Es la filosofía que piensan recuperar en día que vuelvan a abrir las puertas. De momento ayer se afanaban en las tareas de embalaje. Hasta pronto.

Los que quieren ver como Javier Bardem se hace con la estatuilla el próximo día 24, sepan que el centro comercial Gran Vía ya está preparando la alfombra roja. Abrirá una de sus salas de cine para los forofos de la madre de todas las galas de premios cinematográficos. Mejor llegar con tiempo para garantizarse una butaca, porque el aforo es limitado. Pues eso.