Pánico en la iglesia de Baiona

VIGO

12 feb 2008 . Actualizado a las 11:48 h.

No fue el fin del mundo ni un atentado terrorista, sólo un simple petardo, pero el estruendo que provocó en la iglesia de Baiona, causó un susto mortal a los feligreses. Ocurrió el domingo pasado en la misa de las siete de la tarde en el templo parroquial de Santa María, la antigua Colegiata.

Oficiaba la eucaristía Don Moisés, el párroco de la villa. El sacerdote iba a dar la comunión cuando un zumbido llamó la atención de las personas que ocupaban los bancos de las últimas filas. Era la mecha encendida de un petardo a punto de explosionar.

Alguien dio la voz de alarma y uno de los asistentes hizo gala de sus buenos reflejos corriendo hacia el explosivo para intentar apagarlo pisándolo con el pie. Pero no llegó a tiempo. El petardo ocasionó un ruido enorme, que resultó amplificado por la excelente acústica de la iglesia.

El sonido rebotó en las paredes de piedra del templo medieval y causó un ruido aterrador que ensordeció los tímpanos de los feligreses como si fuera un castigo divino. El pánico y la confusión se apoderaron de las personas que ocupaban los primeros bancos, más cercanos al altar.

El cura auxiliar, Don Javier, salió espantado del confesionario para intentar calmar a algunas personas que estaban presas de un ataque de nervios «porque a más de uno casi le dio un infarto», comentaba ayer una de las mujeres que tuvo que vivir este episodio.

Interrupción

La misa tuvo que ser interrumpida durante unos minutos, el tiempo que tardaron los fieles en curarse del susto.

Un vecino explicó que había sido un petardo lanzado por algún gamberro desde el exterior a través de la puerta principal de la iglesia.

Otro exclamó con voz potente un insulto que sonó como una profanación en el ambiente sacro de la iglesia. Por primera vez la palabra malsonante que hace referencia al hijo de quien ejerce la profesión más antigua del mundo se escuchó de manera alta y clara en una misa de siete de Baiona.

Y el párroco, Don Moisés, ni siquiera se inmutó. El viejo sacerdote se quedó mudo y prosiguió poco después la eucaristía como si nada hubiera ocurrido. Rebasado ya su medio siglo de cura, es otra de las numerosas anécdotas que acumula en su dilatada trayectoria como religioso.

Los feligreses tomaron la comunión y tras recibir la bendición sacerdotal, abandonaron el recinto sagrado después de vivir una amarga experiencia que perturbó la paz espiritual de un domingo.