Érase una vez... Paco Mantecón

Soledad Antón soledad.anton@lavoz.es

VIGO

18 nov 2007 . Actualizado a las 02:00 h.

Es lo primero que hacen buena parte de los participantes en el concurso de cartelismo Francisco Mantecón que, desde hace seis años, viene convocando Terras Gauda. Thomas Pión, el más reciente ganador, no ha sido una excepción. El joven diseñador gráfico belga confesaba el viernes, minutos después de recibir el talón de 6.000 euros que acredita que su trabajo fue el que más gustó al jurado, que había tenido que hacer un cursillo acelerado de geografía española. Y de vinos gallegos, claro.

Lo que no le dio tiempo a aprender fue el idioma, así es que si la cronista quiso descubrir cómo se había enterado de la existencia del premio, tuvo que recurrir a su pésimo inglés, lo que unido al pésimo inglés de Thomas redujo la conversación a diez minutos. Internet, esa inmensa ventana abierta a todo el planeta, tuvo la culpa. Ahí fue donde este joven (28 años) diseñador gráfico se enteró de la convocatoria que, urbi et orbi, hace la bodega rosaleira. Esa misma ventana es la que hace que el número de participantes no pare de crecer. 1.300 obras llegaron este año.

Alrededor de dos centenares de personas de todos los ámbitos, social, cultural, político, empresarial, policial... acudieron el viernes a la llamada del patrón mayor de Terras Gauda, que agradeció, por activa y por pasiva, lo que calificó de demostración de afecto. Era el momento de premiar el ingenio.

Ocupando un lugar preferente junto a Fonseca en la tarima estaban Dolores Villarino, Abel Caballero, Manuel Estrada, Alberto Luchini y Pilar Barreiro, la viuda de Mantecón. Y, claro, Fernando Ónega, maestro de ceremonias y, en palabras del anfitrión, referencia clara del concurso, ya que no ha faltado ni a una sola edición. «Nos demuestra su cariño, nos arropa y nosotros nos dejamos querer».

Fue la del viernes una velada con diluvio de flores. Así, el diseñador Manuel Estrada confesó que antes de ser invitado por José María a formar parte del jurado sólo conocía el vino que hacía, pero cuando conoció a las personas que estaban detrás del proyecto empresarial, lo entendió todo. «Su producto no es mera mercancía», dijo.

Caballero, por su parte, destacó la admiración que despierta Fonseca entre los empresarios y recordó sus años de universidad juntos en Santiago donde, curiosamente, también coincidieron con Dolores Villarino.

La presidenta del Parlamento, en el tono distendido imperante en la sala, afirmó que iba a copiar la idea de Fonseca para universalizar su bodega, en este caso con la institución que preside como protagonista: «Estoy en promoción permanente del Parlamento, que es poco conocido y, por lo mismo, poco reconocido». Recordó asimismo los tiempos de universidad para subrayar que José María ya apuntaba maneras y, sobre todo, para felicitarle por ser capaz de expandirse por el mundo sin perder los orígenes.

La nota con más saudade de la noche la puso Pilar Barreiro. Recordó que su presencia se debía a lo que se debía y que, por lo mismo, ella no iba a hablar de vino ni de premios, sino a ofrecer una pincelada para acercar a los presentes al aroma de Francisco Mantecón, Mante como ella le llamaba y le llama.

Así fue como supimos que «había unha vez un edificio na parte baixa dunha cidade mariñeira ao sul de Galicia, en cuxas escaleiras do terceiro andar, podíase ver o debuxo dunha camionetiña subindo por unha costa empinada».

Supimos también que ese dibujo infantil de trazos firmes era obra de un niño de ocho o nueve años que, a veces, cuando regresaba de la escuela, era recriminado por su madre, que sabía que había colgado clase. «Quedei a mirar os reflexos que facía o sol nas follas dunha árbore e os debuxos que a traverso delas ían aparecendo no chan», respondía. Aquel niño observador de reflejos, que nació con los ojos inundados de colores, era Francisco Mantecón, «coñecido nome, descoñecida persona», según Pilar. Ahora no tanto.