Blanco, claro. Es una imaginaria etiqueta que desde hace casi una década acompaña al Gran Veigadares, el producto estrella de Adegas Galegas. Ni que decir tiene que las uvas que se destinan a tan selecta y contada producción son las buenas de las mejores. Tanto cuidan en la casa la calidad de este vino que si, por el motivo que sea, la cosecha no ha estado a la altura, ese año no hay Gran Veigadares. Como ya ha ocurrido alguna vez, según recordaban ayer Pepe Rodríguez y Miguel Ángel Posada.
Lo mejor del recordatorio es que se produjo mientras descorchaban una (bueno, las que hicieron falta) de esas selectas botellas en compañía de un grupo de privilegiados periodistas.
La disculpa de tan agradable cita bodeguera era hacer balance de la última vendimia y, de paso, contar polo miudo quiénes son, de dónde vienen y, sobre todo, a dónde van en este complicado pero apasionante mundo del vino. Que en esta casa de Salvaterra gustan de hacer cosas con sello propio salta a la vista de la concurrencia. Basta con echar un vistazo al dossier de prensa que, para facilitarnos el trabajo, prepararon, y que tiene un prologuista de lujo, Jorge Luis Borges. Y es que eligieron una frase del escritor americano para plasmar su filosofía: «Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia como si ésta fuera ya ceniza en la memoria».
Yendo al grano, contaron lo ya sabido, que el 2007 no ha sido el mejor año en lo que a cantidad se refiere, sobre todo si se compara con el más que excelente 2006, pero que a la calidad no se le puede poner tacha. En total, 425.000 kilos de uva (kilo arriba, kilo abajo), lo que supone una reducción de casi el 40%. De tan notable rebaja no tuvo sólo la culpa el tiempo, que también, sino los furibundos ataques de mildiu, que se cebó con en prácticamente toda la Denominación Rías Baixas.
Contaron también que lo que importa es mirar al futuro y que, a la vista de lo que hay y, sobre todo, de lo que esperan que haya, se muestra prometedor. Y tanto. Como que en apenas una docena de años han pasado de una bodega pequeña y 40.000 botellas de producción a 600.000 botellas y formar parte de un grupo, Galiciano, con casas en Galicia (Salvaterra y Valdeorras), Castilla-León (Bierzo y Zamora) y Cataluña.
Ni que decir tiene que, entre cifra y cifra, seguía corriendo no sólo el Gran Veigadares, sino su hermano Veigadares y otros miembros de la familia, como el D. Pedro de Soutomaior neve carbónica, el único vino gallego que utiliza la maceración a muy baja temperatura con hielo seco.
A juicio de Pepe Rodríguez el trabajo que se realiza en unas y otras bodegas (siempre hablando de estándares de calidad semejantes) se traduce en productos parecidos. Por eso, sostiene, hay que buscarse los garbanzos de la diferencia en apuestas novedosas como la ya citada maceración en nieve carbónica o como el empleo de levaduras propias, otra de las señas de identidad de la bodega.
En éste último terreno mantienen una estrecha colaboración con la Universidad de Vigo y más concretamente con el profesor César Lema. Otro César, en este caso Álvarez tiene encomendada, en su calidad de enólogo, la tarea de garantizar que los asiduos de Adegas no se verán defraudados y los ocasionales se enganchen para siempre. Vaya por delante que al Gran Veigadares se engancha cualquiera, lo difícil es encontrarlo por aquello de la producción y, claro, rascarse el bolsillo.
Lo cierto es que una servidora ya está esperando esa próximo encuentro que han prometido, en el que tal vez Pepe Rodríguez cuente en público lo que ya ha contado en privado, que el próximo año sin falta reactivará aquella novedosa iniciativa que se llamó (y se llama) las Comadres del Vino Veigadares, la primera cofradía del mundo formada exclusivamente por mujeres. Lamentablemente, algunas no podrán vivir dicho relanzamiento. De aquella pionera nómina formaban parte Pili Fontán, Gloria Caride, Cristina Matilla, Marisol Bueno, Toñi Vicente, Pilar Etxebarría, Ana Legido, Carmen Parada, Mercedes Ruibal, Amparo Salgueiro, Cristina Carrera, Paula Pérez, Concepción Basanta.... Será un regreso muy especial.
La contó el pasado fin de semana en Vigo Bosco Gutiérrez Cortina. Lo mejor (en realidad, lo peor) es que era su propio secuestro. Ocurrió en 1990 en la ciudad de México. Estuvo nueve meses en un zulo de tres metros. Dicen los especialistas que estas cosas siempre dejan huella aunque, a simple vista Bosco se muestra creativo, sereno y hasta divertido. La idea que transmitió al auditorio es que, desde el primer momento, decidió sacar el mejor partido posible a la situación. En su día procurando mantener la cabeza fría, tanto que uno de los secuestradores llegó a preguntarle de dónde sacaba la fuerza para mantener tanta entereza, y ahora sacando hierro a tanta previsible angustia.
Resulta curioso cómo habla de sus captores. No sólo deja traslucir que les ha perdonado, sino que parece que siente cierto cariño. El calvario acabó gracias a un descuido en el cambio de turno de sus vigilantes y al gancho que había fabricado con el muelle de un somier. La vida misma.