La vena musical de la saga Estévez. El gusto por la música clásica de Julio Estévez debió de tener mucha culpa de que hoy dos de sus hijas, Begoña y Julia, hayan empezado a ganarse la vida como profesionales, del canto la primera (soprano) y de la flauta la segunda. Es lo que tiene que a una le hayan cantado las nanas con música de fondo de Verdi, Morzat, Schubert o Tchaikovsky.
Apenas ambas empezaron a demostrar su madera de artistas en los primeros años de conservatorio, su padre, que no disimula (ni falta que hace) que se le cae la baba, se buscó una disculpa para que fueran adquiriendo tablas. Ideó un encuentro de amigos, en el que no faltaría la buena mesa y la mejor conversación, pero en el que el primer alimento de los invitados sería musical. De eso hace ya una docena de años. El pasado sábado fue uno de esos días.
Los que vienen asistiendo regularmente a esas citas anuales, como su tío Xerardo Estévez, saben lo mucho que han progresado desde aquellas primeras actuaciones con público. Tanto, como que Begoña ha actuado ya en escenarios tan variados como el ciclo Are More, la basílica de San Pedro ante Juan Pablo II, la ópera King Arthur de Purcell en el castillo de Bellver o el teatro San Gerasio de Roma. En éste último interpretó fragmentos de La Traviata, su ópera fetiche. «Sueño con cantarla entera», confiesa.
En cuanto a Julia, la benjamina de la familia, baste decir que su flauta travesera es la única española que suena en la Gustav Mahler Jugend Orchester. Precisamente a estas horas está ya en Argentina con dicha formación. También es miembro de la European Youth Orchestra. Uno y otro puestos hay que ganárselos en dura pugna. Ambas estuvieron acompañadas el sábado al piano por Alejo Amoedo, profesor de piano del Conservatorio Superior de Vigo.
Atalaya con las Cíes al fondo. No es precisamente fácil dar con la casa de Julio Estévez y Carmen Salgueiro en Baíña. Se buscaron un remanso de paz en mitad del monte al que sólo con unas indicaciones muy precisas se llega. Cuando crees que, definitivamente, estas perdida, se hace visible el espléndido camino de hortensias que conduce a la finca.
No se ciñe la vena artística de las Estévez a la música. Lo de Menca son los pinceles. Los invitados también tuvieron oportunidad de comprobar su creatividad gracias a la instalación que bautizó como Rayos de cielo. Un hermoso magnolio le sirvió como soporte.
En cuanto a Cayetana, donde mejor expresa su creatividad es frente a los fogones. Puede adivinarse su mano detrás de las viandas servidas al término del concierto. Salvo en el pulpo, que para eso nadie mejor que las pulpeiras de Carballiño y sus peroles de cobre.
Mónica, la quinta de las hermanas, va por libre en este del arte. Para verla actuar en su salsa hay que plantarse en su despacho de abogada. Lagarto, lagarto. Más que nada por aquella maldición gitana del pleitos tengas y los ganes.
La hora de la tertulia. Cuando las notas musicales ceden protagonismo a la conversación, empieza el segundo asalto de la velada, el de la charla distendida entre amigos. No creo que en un congreso médico haya tantos cirujanos por metro cuadrado. Entre otros, allí estaban el catedrático y en su día profesor de Julio Estévez, Joaquín Potel; Pedro García Ciudad, Pedro Gil, Constantino Sobrino...
Por supuesto que había músicos. Estaba Maximino Zumalave, director de la Real Filarmonía de Galicia. Y hasta críticos musicales, como César Wonenburger, cuya pluma conocen bien los lectores de La Voz.
Tampoco faltó el mundo de la política, representado por Abel Caballero, Jesús Vázquez Almuíña, Ignacio López Chaves, Abel Losada...
Cuando pasadas las 12 remató la tirada de fuegos artificiales, que también de eso hubo, los primeros amigos empezaron a despedirse. Los últimos, según supe ayer, no lo hicieron hasta las 3.30 de la madrugada. El año que viene más.