La decisión de Caixa Galicia de decantarse por Vigo para mostrar por vez primera en España la obra de Tamara de Lempicka, nos ha permitido descubrir (excepto a los contados que ya lo habían hecho por su cuenta) a un personaje sorprendente. Por si después de tres meses de exposición, adobada con visitas diarias guiadas, aún nos quedara alguna pregunta sin respuesta sobre la artista, hemos tenido oportunidad de obtenerlas en la traca final. Sí, porque antes de que una maratoniana jornada ponga mañana punto y final a la muestra, se ha producido un verdadero desfile de lempickólogos, que cerró ayer Jesús Andreu, el único experto en Lempicka (que se sepa) que ha publicado un libro en español sobre la vida y la obra de la excéntrica e inimitable pintora polaca. Además de hacer un repaso por los episodios más relevantes de la vida de Tamara de Lempicka, Jesús Andreu relató, ante un auditorio entregado, algunas anécdotas que cuentan mucho de la personalidad de la artista, a la que calificó de mujer de armas tomar, seductora nata que se puso al mundo por montera y que hizo siempre lo que le dio la gana, aunque a veces se arrepintiera. Entre otras, contó aquella (anécdota, digo) en la que, junto a un grupo liderado por Marinetti, decidieron quemar el museo del Louvre. Tamara, burguesa entre los burgueses en medio de un grupo de izquierdistas cuyas ideas no compartía, se ofreció a llevarles en su coche. Al final, hubo que cambiar el pretendido acto revolucionario por una visita a la comisaría de policía más cercana porque, cuando el grupo salió del café donde habían planeado la quema en cuestión, descubrió que habían robado el coche. Tan cómica debió de resultar la situación que también Alain Blondel hizo referencia a ella en su conferencia del jueves. Sí, incluso Blondel ha pasado por Vigo. El galerista francés está en posesión de un título que no se imparte en ninguna universidad pero que cualquiera envidiaría, el de redescubridor de Tamara. Como suele pasar en estos casos, la casualidad tuvo mucho que ver. Al joven estudiante de arquitectura Blondel le interesaban poco las clases, así es que se refugiaba en la biblioteca de la facultad. Allí se topó con las obras de Lempicka. Es imposible que gente como ella haya caído en el olvido después de tantos días de gloria, se dijo. Total, que se armó de guía de teléfonos y marcó el número de su apartamento de París. Al otro lado del hilo (aquí está la casualidad) respondió una perpleja Tamara de Lempicka. De hecho, lo que menos esperaba era que sonara el teléfono, ya que por entonces no sólo no vivía ya en París, sino que cuando viajaba a la ciudad se hospedaba en el Ritz. También en aquella ocasión pero, coincidencias de la vida, había acudido a su viejo apartamento. Corría el año 1967. Le costó mucho a Blondel (cinco años para ser exactos) convencerla de que tenía que exponer. Cuando al fin lo hizo, volvieron los días de éxito. Poco lo disfrutó en esta última etapa, ya que falleció en 1980. Un segundo privilegio tiene Alain Blondel, reservado a muy pocas personas, poder contemplar a diario un puñado de pinturas, dibujos y fotografías de Tamara Lempicka. En su conferencia dejó claro que los adquirió cuando la obra aún estaba al alcance de muchos bolsillos. Cuesta creer, dijo, que podía uno hacerse con un cuadro de esta mujer por 3.000 dólares (pidió 15.000 en vida por el más caro). Hoy esos precios oscilan entre el millón y los tres millones. «Ya que estamos en un banco, es un buen sitio para hablar de dinero», dijo. Lo que más hay que agradecerle a Blondel es que diera el visto bueno para que sus cuadros de Lempicka estuvieran en Vigo. Por cierto, según contó el jueves le pareció un acierto el montaje. «Acabo de recorrer la muestra y puedo afirmar que he quedado maravillado. Como lo estaría Tamara después de comprobar que el gris, su color favorito, está omnipresente en la sala».