La Mirilla
20 jun 2007 . Actualizado a las 07:00 h.Que son las que lleva encaramado a la torre del Santa Irene el reloj que un día firmó Evangelino Taboada. Mal sabía el maestro relojero, al que ayer se rindió un sencillo pero emotivo homenaje, que su obra formaría parte de la memoria colectiva de tantos vigueses. Los primeros los estudiantes, cuya vida docente está ligada su tic-tac desde 1946. El barrio entero de As Travesas ha avanzado al ritmo de sus agujas. Desde hace poco más de un lustro, justo desde que sus campanadas nos meten oficialmente en el Año Nuevo, lo hace la ciudad entera. Pero pocos saben que se trata de una pieza única por varios motivos. Porque salió de unas manos, las de Evangelino, especialmente dotadas para la relojería, tanto que la casa Omega quiso llevárselo allá por los años 50 a Suiza, el país de la precisión. No pudo ser porque, como ocurrió con tantos buenos profesionales, tuvo la indelicadeza, ya no sólo de no alinearse en la Guerra Civil con el bando ganador, sino de defender ideas políticas propias. La segunda singularidad viene dada por el hecho de que es el único reloj de los muchos que Evangelino construyó para edificios vigueses que sigue dando la hora. El resto se perdieron cuando los inmuebles, fruto del progreso, fueron sucumbiendo a la piqueta. Como ocurrió con Tranvías, el Náutico o la lonja. Hace tiempo que la comunidad educativa del Santa Irene tenía ganas de reconocer los méritos de Evangelino Taboada. Pero las deficiencias que presentaba la torre lo desaconsejaban. Por fin, después de llamar a varios despachos y sentarse a esperar, Alfonso García logró los 25.000 euros necesarios para acabar con las goteras, colocar las agujas que faltaban y poner a punto la maquinaria. Y ayer pudo ser el día. Demasiado trámite y demasiada espera para 25.000 euros. Claro que la cifra es astronómica si se compara con las 29.000 pesetas que costó el reloj. El director del instituto guarda como oro en paño la factura, igual que los recibos de los cómodos plazos de 2.000 pesetas con que fue abonado. Ayer, a la hora de descubrir la placa, allí estaban su hija Elena (la delicada salud de su otro hijo, Pepe, le impidió trasladarse desde Madrid), que apenas pudo disimular la emoción; sus nietos María del Carmen y Jesús Vieites Taboada; sus bisnietos Álvaro, Yelco, María del Mar, Xédar y Yedra, y hasta su tataranieta Irene. Ninguno quiso perderse la posibilidad de contemplar de cerca la obra de su antepasado. Allí estaban también el director del instituto, Alfonso García, y Roberto Agulla, el hombre que hace posible que la maquinaria del reloj funcione como un ídem. Agulla si que explica bien de qué va eso de los cuartos (ayer ofreció una lección magistral) y no Ramón García, que siempre nos confunde. Y allí estaban, por último, varios representantes de la asociación de comerciantes de As Travesas, cuya mano izquierda fue decisiva para que la Diputación aflojase los cuartos (contantes y sonantes, no como los que domina Agulla) para acometer la reparación. Lo hicieron por vía interpuesta, así es también estaban invitados Marisol Polo y Carlos Comesaña, que fueron los concejales que trasladaron el cheque desde la Diputación. En fin, una cadena de favores con final feliz. Que era de lo que se trataba. En este caso a Quinito Mourelle lo que es de Quinito Mourelle. Contaba ayer que el jefe de prensa de Imaxina Sons no se había percatado de que Corina Porro ya no es alcaldesa ni López Chaves edil de Cultura, como venía a demostrar el hecho de que el martes envió un programa del festival en el que seguían figurando sus nombres y cargos en el encabezamiento. Bueno, pues no es cierto, Mourelle, cuyo único pecado es su pasión por el jazz, sí se había enterado. Donde no lo habían hecho era en el departamento correspondiente del Concello, que fue el que remitió el dossier de prensa con tal error de bulto. Pero, ojo, dicen que no ha habido segundas ni terceras intenciones, que lo único que ha habido han sido prisas, fruto de la acumulación de trabajo de estos días. Quedan perdonados.