ANTÍPODAS | O |
02 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.SE dice la gente desconfía de los políticos. Sobre todo, al día siguiente de unas elecciones con gran abstención. Suenan entonces las alarmas. Un instante. Hasta su eco desaparece pronto, desplazado por el trajín del estreno de los nuevos figurantes. Abstenerse y votar en blanco sirven mayormente para que los políticos aparezcan contritos durante un par de segundos y para resolver los editoriales de los periódicos. Y tampoco miden todo el recelo existente. Muchos votan no por confiados, sino por desesperados. Se rigen por el principio del mal menor, que es la única apuesta sensata en la mayoría de las lides electorales. Sin embargo, la desconfianza inquietante no es ésa, que, al contrario, es saludable, sino esta otra: la que sienten los políticos hacia la sociedad, hacia la libre iniciativa de los individuos. Libre, claro, no en términos absolutos, sino en los que requiere el respeto a la libertad de los demás, límites que marcan las leyes. La mayoría de políticos no reconocerá que recela de aquellos cuyo voto pide. Procura lisonjearlos. Esas loas al pueblo deben tomarse como altamente sospechosas. Tendrían que seguir a Sócrates y azuzar el sentido crítico de la gente y no adormecerlo. Pero es notorio que no se estila tal cosa y que mucho personal pica, cual ingenuo pececillo, en el anzuelo de las palabras bonitas y los elogios. Son desconfiados los políticos que quieren decirnos qué debemos y no debemos hacer en asuntos de nuestra exclusiva competencia. Y que presentan sus ocurrencias como necesarias para nuestro bien. Ya sea que dejemos de fumar, que no comamos ciertas hamburguesas o que hablemos un idioma y no otro, todo parte de ese recelo hacia el individuo y el afán de moldearlo. Para estos entrometidos, somos tipos en la infancia perenne que no sabemos decidir qué es bueno o malo. Y desean que siga así la cosa, para decidir ellos por nosotros.