Refugio del general Martínez Anido y de perseguidos en la guerra civil
19 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.La isla de Toralla, a la altura de la playa de Canido, de propiedad particular y acceso limitado, parece que provoca una sensación casi unánime de rechazo. Acrecentado quizá desde que se construyó el puente, sólo para residentes e invitados. El polémico edificio en altura fue obra de Xosé Bar Boo (1922-1994), sin duda el más singular arquitecto vigues de nuestro tiempo, que asumió aquel proyecto porque otro alternativo habría constituído una mayor pantalla. No obstante, Bar, que defendía sus principios éticos desde posiciones inamovibles, terminó mal con los promotores de aquella obra. Antes de la urbanización, la isla era bien distinta. La vista que ofrecemos estimamos que procede de 1927, tomada por Horacio Pacheo, sobrino de José Pacheco, con estudio en la calle del Príncipe, desde el Marabú, el primer avión de pasajeros que vino a Vigo. Por los antecedentes que hemos acumulado, sabemos que en abril-mayo de 1904 debió quedar disuelta la sociedad de la Cordelera Ibérica, fábrica de cordaje que constituye la primera construcción moderna de la isla. La industria había nacido en 1884, era de las que hacían la cordelería más larga de Europa, y llegó a tener entre sus socios al político Eugenio Montero Ríos y al fabricante gallego que haría célebre aquel anuncio de la postguerra: «Antes y después de tomar el chocolate Matías López», que era el nombre del industrial. Aquella fábrica contaba entre sus promotores a Tomás Mirambell, catalán afincado en Vigo y que aquí ejerció una gran labor en pro de la ciudad. En agosto de 1906 se publicaba el decreto que le permitía construir una fábrica de conservas de salazón de pescado, que permaneció en Toralla muchos años. En 1910 adquiría la isla Martín Echegaray, un vigués enriquecido en Argentina, que en 1912 acogió en Toralla a los vigueses que estaban dispuestos a promover el tranvía. El servicio se hizo realidad dos años más tarde y don Martín fue el primer presidente de la compañía tranviaria. Tiempo después nos consta que el propietario aceptaba excursiones de cuando en vez, con solamente el pago del billete de 2,50 pesetas. La isla fue célebre también porque en los primeros años treinta acogió a Martínez Anido, en un momento malo para el general. Aquella estancia del militar en la isla no se la perdonarían sus correligionarios a Echegaray Olañeta, que era un republicano de pro. Ya muerto don Martín en 1931, cuando tomaba los baños en Molgás, sus descendientes refugiaron en la isla a algún perseguido, caso del maestro y periodista Apolinar Torres, al que fusilarían los franquistas en agosto de 1936, en un grupo de nueve políticos y un delincuente común. Parece que también se escondió allí el industrial Eugenio Fadrique, probablemente porque fue un hombre que ayudaba a cualquiera, al margen ideologías. En Toralla apareció en 1913 una necrópolis romana y después hubo otros importantes descubrimientos.