CONTRASTES
24 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.LA PRENSA de difusión nacional ha reiterado estos días la noticia glosada del fallecimiento de Julián Gallego, y su esquela mortuoria se ha repetido, como homenaje de ilustres corporaciones a las que pertenecía tan notable historiador y crítico de arte. Lo evocamos en Vigo. Concretamente en Castrelos, y al tiempo, recordamos también al inolvidable Angel Ilarri, tantos años conservador del museo local y, en realidad, el verdadero artífice de esa espléndida colección de pintura gallega. El maestro, catedrático en París, que hubo de repetir en España su doctorado para poder ser profesor en la enseñanza superior nacional por mor de aquellas cosas que ocurrían en este tan embozalado país hasta 1975, venía a Vigo por vez primera a pronunciar una conferencia en el precioso auditorio de Caixanova. Le acompañamos a Castrelos, y al llegar pedí al ordenanza de puertas que avisara a Ilarri de que estaba allí un servidor con un distinguido amigo. Apenas pasaron segundos cuando el admirable y erudito funcionario, que vivía entonces en el ala lateral del pazo, después dedicada a sala de Arqueología, bajó a los jardines y, con un libro de Gállego en la mano, saludó al visitante. El cual, cabe suponerlo, quedó gratamente sorprendido y dijo que no era frecuente que sus colegas de otras ciudades pudieran hacer otro tanto. Fue despaciosa la charla, sabroso el comentario de Gállego sobre el pazo y su contendo y cordiales las dedicatorias que en sendos ejemplares de su obra más conocida, «Visión y símbolos en la pintura española del siglo de oro» estampó el maestro, con su caligrafía desgalichada. Julián Gallego volvería a Vigo varias veces. Al menos, en noviembre de 1977, y en junio de 1996 para inaugurar la exposición de la colección de grabados de Goya sobre Los desastres de la guerra, que en primera tirada, había adquirido Caixanova, acontecimiento para el que editó un magnífico catálogo con textos críticos de Gállego, paisano del genial pintor, y de este servidor de ustedes. Afortunadamente, el fallecimiento de Gállego no ha pasado por completo inadvertido, pese a coincidir con triunfos y sucesiones futboleros de importancia, algo que en este país, todavía devoto de Frascuelo y de María, como decía Machado, tan amplia repercusión tiene. Discreto, físicamente menudo, casi mínimo, inquieto y cordial, Julián Gallego es el maestro de varias generaciones de españoles estudiosos del arte, autor de decenas libros, acaso el mejor conocedor de Velázquez y un prestigio mundial en Picasso, cuya bibiligrafía se cuenta por miles de volúmenes. Sabemos que Gállego comentó muchas veces la anécdota de Castrelos que hemos referido. Aquella mañana, sin quererlo, Vigo quedaba más que bien como ciudad interesada por la cultura, que es imagen perdurable que después ha aumentado considerablemente.