Los sucesivos jefes del Cuerpo fueron grandes atletas, caso de Eduardo Posada
05 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.En 1958, cuando Eduardo Posada se jubiló como jefe de Bomberos de Vigo, un conciudadano que publicó numerosos ripios en los periódicos, Humberto Cuíñas, decía de él: «No lo veremos trepar / por ventanas y balcones / como en muchas ocasiones / lo pudimos presenciar». Como este personaje, desde 1895 en que empezó a actuar el Cuerpo de Bomberos Voluntarios, los jefes sucesivos que tuvo éste fueron grandes atletas. El que más recuerdo dejó, sin duda, fue Attilio Pontanari, italiano que fue un auténtico fuera de serie en lo relativo a la forma física, y que cuando empezaba el primer cuarto de siglo del XIX, había abandonado el circo en el que trabajaba para quedarse en Galicia. Además de excelente atleta, el italiano era gran experto en esgrima y dirigió a los bomberos en varias grandes poblaciones gallegas. Eduardo Posada tenía otro punto en común con sus antecesores: el pluriempleo. Fue largos años corredor de Comercio y de la plantilla de la Junta de Obras del Puerto, institución en la que llegó a ser jefe de Negociado. Cuando en 1909 ingresó como bombero voluntario, sin una peseta de retribución, ya había practicado fútbol y todavía compitió como ciclista en varias ciudades gallegas. Luego llegaría a presidir el Fortuna, el club que junto con el Vigo, al fusionarse, daría lugar al Real Club Celta. Aún triunfaría en el tiro de pichón, en el que cosechó grandes éxitos; por ejemplo, en 1928 era campeón gallego. Ejercería la jefatura de Bomberos entre 1924 y 1958. Siguió en el cargo aunque le habían jubilado en 1957. Según testimonio del propio Posada, cuando él se incorporó al puesto, en 1909, los bomberos que atendían el servicio en Vigo eran únicamente 14. No aumentaron tanto los efectivos y siempre fueron insuficientes, dado que cuando iba avanzado su mandato, en 1954, momento en que el cuartelillo estaba en la rúa de García Barbón, no contaba más que con 29 bomberos. En 1980, ya en plena democracia, con Manoel Soto en la alcaldía, habían aumentado a 63. Hoy son más o menos el doble, 130. Nunca ha estado cubierto adecuadamente el servicio. Volviendo a Eduardo Posada, no es extraño, como apuntamos, que tuviera que compatibilizar su condición de funcionario municipal con otros cargos remunerados. Cuando le hicieron jefe del Servicio Municipal de Incendios le pagaban 15 pesetas diarias. Para complicar más su situación, en el expediente de funcionario de este personaje se conserva una reclamación de 1937, en la que argumentaba que después de 13 años en la responsabilidad y más de 28 en el Cuerpo, era el único empleado municipal que seguía con el sueldo de ingreso. Era generoso, porque además desempeñaba la jefatura de la ambulancia de Cruz Roja. Con menos bomberos de los necesarios a sus órdenes y cobrando una miseria, menos que mal que su amigo Humberto Cuíñas, el vate de los ripios, le atribuía buena estrella. «No ha conocido un fiasco», aseguraba.