IN VICUS | O |
17 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Viven, trabajan y se divierten muy cerca de nosotros, prácticamente codo con codo y no muestran ninguna señal de ser diferentes, sin embargo, lo son. Camuflados en la cotidianidad, uno no puede averiguar a simple vista qué se esconde detrás del oficinista de la gestoría dos números más abajo, o quién es realmente el conductor del autobús en el que nos subimos todas las mañanas para ir al trabajo, o qué piensa el mecánico que se pasa ocho horas al día viéndole las tripas a los coches del vecindario. Parecen personas tranquilas, trabajadores honrados que sudan el jornal que ganan y patalean cuando su equipo de fútbol no mete un gol clarísimo. Y, probablemente, lo sean. Lo excepcional, lo intolerable es que tras esa fachada de hombre medio de Vigo en alguno se esconde un monstruo frustrado con sentimiento de inferioridad que se dedica a maltratar de palabra o de hecho a la mujer que ha tenido la desgracia de decidir ser su pareja y amarle. Cada caso es peculiar por la personalidad de los individuos a los que afecta y por su situación económica y social. Desde el hombre agresivo por naturaleza al que ha padecido malos tratos en su infancia y repite ese comportamiento con su mujer, hasta el alcohólico o drogadicto que se transforma en otro, las posibilidades son muy numerosas aunque el resultado siempre es el mismo: violencia física y verbal que destruye el respeto y, con él, a la familia. Es imprescindible la denuncia para que, con el conocimiento se pueda ayudar y proteger a las víctimas pero también es ineludible concienciar a toda la sociedad: La mujer no es un objeto, no es una ciudadana de segunda sometida al varón sino una «igual».