IN VICUS | O |
24 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.NO hace falta retrotraerse más allá de cinco décadas para comprobar que la asistencia sanitaria en el Vigo de comienzos del siglo XXI ha mejorado sustancialmente. La generalización de la atención médica para todos y cada uno de los ciudadanos, la dotación de equipamientos sanitarios modernos y eficaces que permiten detectar, diagnosticar y tratar todo tipo de enfermedades y la mejora de la formación de los facultativos son parte muy destacada de este avance. Sin embargo, la calidad de la atención sigue dejando mucho que desear por la despersonalización, la saturación y la inadecuación de los hospitales. Si el Presidente de la Xunta es capaz de cumplir su palabra y hacer que, el Hospital que Vigo necesita, sea una realidad en un plazo de cuatro años, algo, francamente difícil conociendo la lentitud de la burocracia, lo complejo que resulta cualquier proceso expropiatorio y lo poco realistas que suelen ser los plazos constructivos, la deficiencia de la infraestructura sanitaria de esta urbe puede verse paliada. Sin embargo, lo que nunca se menciona, pese a su relevancia para el ciudadano de a pie, porque es un concepto intangible, no cuantificable económicamente, es la exigencia de que el personal sanitario ofrezca un buen trato al paciente. La atención personal, la capacidad para reconocer la necesidad emocional de un enfermo casi siempre brilla por su ausencia en las plantas de un centro saturado de enfermos y con poco personal. Sin duda, para ofrecer una asistencia médica de calidad, necesitamos un buen hospital pero, además de las paredes y los medios, es imprescindible dotarlo de sanitarios humanizados y no simples máquinas para curar.