Y que conste que el adjetivo no está elegido al azar, sino por el libro. El diccionario de la Real Academia para ser exactos. «Dícese de lo que se aplica en gran cantidad», es la segunda acepción para masivo. Y otra cosa no, pero la comida-homenaje a Antón Pulido reunió a cantidad, cantidad y cantidad de amigos. Los había de su etapa de seminarista (que xa choveu), de la docente (que es a la que con la comida del sábado ha dado oficialmente carpetazo), de la política (que hasta esa tuvo), de la artística (que es a la que ahora quiere entregarse a todo pincel) y, por supuesto, de la familiar, con Fina, su mujer, en primera fila. Hasta 200 personas se dieron cita en el Solar de Serrade, a la vera del Miño pero en tierras portuguesas. Muy acorde con el acto, las mesas se bautizaron con nombres de artistas: Colmeiro, Grandío, Julia Minguillón, Castelao, Lugrís... No importó que amaneciera un día de perros, ni que acabara peor (sólo en lo meteorológico). Porque el calor estaba garantizado. Ni siquiera cuando a los postres, fruto del tormentón que cayó, el comedor se quedó a oscuras se movía nadie. Una vela en cada mesa y listo. Y así fue como a algunas nos dieron las siete, pero a los más les dieron las ocho y las nueve. Bien que siento no poder nombrar a todos los asistentes. Y no sólo por una cuestión de espacio, que también, sino de memoria. De mala memoria. Pero allí estaban, por ejemplo, Luis Espada, en cuyo retrato anda entretenido Pulido; el que fuera su jefe político en Cultura, Vázquez Portomeñe, que las pasó canutas (sólo en lo visual) hasta que le prestaron unas gafas para poder leer las notas que se había preparado sobre el que dijo, «es buen artista y amigo»; Manuel Soto, que esta vez (o eso pensé yo) estaba en calidad de consorte de Puri del Palacio, compañera de Pulido en el arte de los pinceles; el también ex alcalde Manuel Pérez, el editor Carlos del Pulgar, el fotógrafo Xulio Gil, Antón Sobral, Antonio Cid, Luis Suárez, Luis Saresquete, Merche Castro, Modesto Hermida, Pedro Solveira... Y también estos otros: Pepiño González, Bieto Ledo, que ejerció de presentador; Carlos Varela, fiscal jefe de Galicia o el comisario jefe García Mañá, que comparó a Pulido con un árbol que no para de crecer («un castaño o un carballo, que dan buena madera»). Mañá nos contó que, como buen clérigo que un día fue, Antón es una joya, porque sabe jurar con desparjo en latín, hebreo, arameo y otras lenguas varias. Y, aún mejor, cantar en ruso. Así es que le emplazó a entonar alguna en esa lengua a los postres. Y vaya si la entonó. Supimos también por Mañá que farda de lo buen tirador que es (el mejor de su regimiento), así es que el comisario le invitó a medirse con él en una competición. Ésta quedó para otro día por razones obvias. Y llegó el momento del nudo en la garganta. «No tengo por qué ponerme nervioso. Sólo faltaría», dijo Antón Pulido a la hora de dar las gracias a los presentes. Pero la emoción a veces es mala de contener. E incluso es bueno no hacerlo. Hizo un somero recorrido por sus andanzas vitales, desde los tiempos en los que su padre le incentivó las inquietudes artísticas (tenía cuatro años), hasta el mismo sábado. Dijo que, además de palabra, le gustaría dar las gracias de una forma que domina, pintando. Y lo hizo. Todos y cada uno regresamos a casa con una copia numerada de un niño tocando la gaita. Por su parte él, Antón Pulido, se fue con un esmalte de Antonio Cid, una escultura de Álvaro de la Vega, la música de piano de Berta Fresco,... y abrazos incotables. Amén.