CONTRASTES
17 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.AHORA que museos e instituciones buscan efemérides o acontecimientos para muestras monográficas que atraigan al público, no entendemos cómo a nadie se le ha ocurrido montar una exposición temática sobre el Carnaval en el arte. Porque la celebración, procedente de fiestas romanas que comienzan a proyectarse en el mundo cristiano en la Edad Media y aún antes y siguen vivas y hasta crecientes en la actualidad, ha atraído a artistas de muchos países por su colorido, vistosidad y dinamismo. Famosa es la composición sobre El entierro de la Sardina, de Goya, plena de movimiento y encanto. Espléndidas, por su peculiar alegría tristona, si cabe la aparente paradoja, son las composiciones de Solana, acaso el más trágico de nuestros pintores casi contemporáneos. Una delicia son las máscaras multicromáticas del andaluz Francisco Mateos, acaso menos conocido de lo que merece. Inquietantes las del vasco García Ochoa y deliciosas, por su encanto evocador, las que el asturiano Evaristo Valle ambienta en las villas y pueblos mineros de su hermoso país. Fuera de España son multitud los artistas que han acudido al carnaval como medio de inspiración, desde el francés Watteau al belga James Ensor, sin olvidar al italiano Gino Severini. También a los plásticos gallegos les interesó el Antroido. Numerosas son las composiciones de ese ambiente en la obra de Laxeiro, cargadas de autenticidad aldeana y barroquismo. Hermoosas, y un tanto cosmopolitas, las del trotamundos y dandi, amén de excepcional artista, Arturo Souto. Y entre nosotros, quien más y mejor ha abordado el carnaval es Antón Rivas Briones, un gallego de adopción galleguizado hasta la médula en su larga residencia en Vilagarcía. Es el suyo un carnaval abigarrado, aldeano y destrozón. Es decir, auténtico, surgido de la observación de la realidad, que no cuenta con el estudio que está pidiendo tan cuajado pintor y grabador. Por supuesto que no se agota la nómina, y máscaras o seres grotescos y carnavalarios los hay, a cientos, en la pintura de Rafael Ubeda, maestro indiscutible del expresionismo dinámico que tiene antecedentes en Bacon y acaso en algún Barjola. El carnaval popular es atractivo, mas acaso su verdadera belleza esté en el de Venecia, de mayor duración que el habitual en el resto de Europa. Nunca el terciopelo, el raso, la muselina y el encaje fueron tan bellos como en las máscaras, caretas y antifaces que pueden verse en esa ciudad. Un Pierrot, blanco, exhiesto, mayestático, sobre una charolada góndola que se desliza por los canales cabeceando a la acción de su remero es plástica que pintó el coruñés Gerardo Porto. Después, Brasil es pura bulla. Y Canarias, mera aproximación.