LA Navidad es una época del año que provoca sentimientos muy encontrados en los adultos ya que si, por una parte, sirve para rememorar momentos entrañables disfrutados con la familia y los amigos, por otra, es difícil sustraerse a la tristeza que provoca recordar a los seres queridos que ya no están. Aquellas familias en las que hay pequeños, la nostalgia de las ausencias suele verse amortiguada por su ilusión y su energía. Es fácil contagiarse de su alegría al compartir con ellos todas las actividades propias de la estación, entre las que se incluye, el pasear al anochecer para disfrutar de las luces de colores que iluminan las calles. No se puede negar que el alumbrado navideño de este año es elegante y sobrio, al mejor estilo de cualquier ciudad del norte de Europa. Completamente alejado de los antiguos diseños con llamativas luces de colores de alto consumo, la iluminación ha pasado a reforzar la nueva imagen que esta ciudad pretende dar. Cierto que, a algunos, nos hubiera gustado que la decoración fuera más alegre, más abundante y se extendiera por muchas más calles pero es preciso reconocer que si queremos concienciar para reducir el consumo energético hay que empezar por dar ejemplo desde las instituciones. Tras los dispendios de años anteriores en ornamentos tan absurdos como los "ángeles" aprobados durante el mandato de Castrillo se agradece la moderación y la racionalidad de esta ocasión. Sin embargo, si la sobriedad luminosa es tolerable hay algo que no lo es tanto: el silencio absoluto al caminar por las calles más comerciales. Una Navidad sin villancicos no es tan Navidad.