IN VICUS | O |
19 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Mi primer recuerdo del aeropuerto de Peinador se retrotrae a principios de los años setenta, cuando aún no levantaba un palmo del suelo. Resulta imposible olvidar la sensación de felicidad al aterrizar y ver a través de la ventanilla del avión a algunos familiares que me esperaban a pie de pista. Incapaz de contenerme tras un largo viaje y con toda la energía de quien apenas si ha dejado de usar pañales me zafé de los brazos maternos para correr en pos de mis abuelos. No muchos años después, aprendí la geografía de medio país contemplándola desde la ventanilla de un Focker. La vibración del aparato era tal que uno nunca estaba seguro de si el zumo de naranja que intentaba servir la azafata acabaría en nuestra cabeza en lugar de en nuestra boca. El aeropuerto de ahora poco tiene que ver con el de entonces, a excepción de conservar la ubicación quizás, en el lugar con más niebla de todo el sur de la provincia de Pontevedra. No es un aeródromo grande y la frecuencia de vuelos deja mucho que desear pero tiene algo especial. Es, en contra de lo que suele ser habitual, un lugar acogedor. Sus reducidas dimensiones y el aspecto familiar de los pasajeros y acompañantes, incluso a horas muy tempranas, nos permiten circular y permanecer en él con una agradable sensación de camaradería a la espera de lo que nos deparará el día . Y si hoy nos peleamos por conseguir más vuelos y más destinos, aguantando que nos tilden de localistas cuando los otros dos aeropuertos de Galicia luchan por lo mismo sin ninguna crítica, es porque Peinador es mucho más: es una puerta hacia el progreso de la ciudad construida con el sudor de nuestros abuelos.