Sobre el consumo ilegal

VIGO

IN VICUS | O |

30 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

BAJANDO las escaleras que rodean la Plaza Elíptica a eso de las nueve de la mañana del pasado lunes, me sorprendió, una vez más, la «vanguardista» decoración que los adornaba. Con el atisbo de una sonrisa en los labios e intentando quitarle dramatismo a la imagen, pensé que la acumulación de botellas y vasos de plástico aplastados, los arrugados envoltorios de todo tipo y otros restos de lo que, seguramente, constituyó un «botellón» de buen nivel podrían confundirse fácilmente con el contenido de una de esas «exposiciones» de arte contemporáneo al aire libre. Abierta como soy a todo tipo de entretenimiento positivo, no pude evitar sentir «pena» por aquellos jóvenes que, incapaces de ir contra corriente y de encontrar otro modo de diversión, pasan largas horas al frío de la noche intentando perder la timidez a golpe de «calimocho». Es imposible sustraerse a la reflexión sobre la dificultad que tiene la juventud para comunicarse sino es dedicándose a actividades que tienen consecuencias perjudiciales a corto, medio y largo plazo. Mi malestar en relación a esta cuestión no hizo sino incrementarse cuando, de regreso por el mismo lugar, a eso de las dos de la tarde, momento en el que los adolescentes salen de clase, me crucé con un trío en animada conversación. Un mozo vestido «a la última» con esos pantalones de sujeción imposible con la cintura a la altura de los muslos, movía con energía la colilla de un «porro» apurado hasta el milímetro par dar más énfasis al discurso que estaba pronunciando ante dos jovencitas. ¿Cómo es posible que la autoridad no persiga este consumo a plena luz de día y en un lugar tan frecuentado por niños pequeños?