Acercarse al pasado remoto

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VIGO

NO es la primera vez que Caixanova, en su constante, meritoria y claro que plausible tarea cultural, nos acerca al pasado remoto, y en concreto a ese mundo fascinante que fue y es, en sus incontables restos y vestigios, el Egipto más fascinante. Hace algunos años, en su desaparecida sala temática, nos dio una muestra del Museo egipcio de Barcelona que, si no es el de El Cairo, vale la pena conocerlo, porque posee piezas magníficas. Ahora vuelve con «Vida y muerte en el antiguo Egipto», una exposición más claramente temática, menos generalizada que la anterior. Y, probablemente, más atractiva aún. Porque el pueblo de los faraones, reyes-dioses que vivían para la muerte, anhelando eternidad, y que duró varios milenios, más o tanto que la más dilatada de las culturas extinguidas de que tengamos noticia, supo ritualizar el tránsito terreno hacia el desconocido más allá, que tan excelentemente queda reflejado en las pinturas funerarias y en textos como «El libro de los muertios», hoy mucho más que una antigualla para expecialistas, en país como el nuestro, que, frente a Italia, Francia, Alemania, carecía de esos especialistas en arqueología que denominamos «egiptólogo». Hasta un templo tenemos, completo si bien de pequeñas dimensiones, en España. En Madrid, y concretamente en el Paseo de Rosales, como consecuencia y agradecimiento de las aportaciones económicas que España hizo a Egipto para salvar las históricas construcciones del pasado que habría anegado la presa de Assuán, entonces la mayor del mundo. Si inquietante es siempre el arte egipcio, más lo es la parcela relacionada con la muerte, que aquí se aborda.