Un museo del mejor beber

| PABLOS |

VIGO

AÑOS atrás, en pleno franquismo, fue intensamente jaleado por los medios de comunicación el museo de bebidas que en su bar madrileño tenía Perico Chicote, alguien así como imprescindible en saraos del general en superlativo y fiestas de la alta sociedad -es un decir, para entendernos- entonces famosa y hoy, huelga decirlo, olvidada. Chicote reunió miles de botellas con bebidas de todo el mundo. Comenzaba, entonces, la cultura del vino, hoy tan extendida. Y sorprendía a propios y extraños con sus saberes, aunque para él, decía, la bebida preferida era tinto con sifón, que ya es ser poco exigente. En Vigo contamos, desde hace poco, con una réplica de ese museo madrileño, creemos que ya desaparecido. La del bodeguero y pintor Matías Marqués, en su establecimiento de la Avenida Hispanidad. Cerca de medio millar de botellas -creo que 44O, de momento y para ser precisos, aunque la intención es de «suma y sigue»-. Hay ejemplares de hace casi un siglo, con curiosas etiquetas casi perdidas, de esas bodegas que presumían de ganar ganado muchas medallas y ser «proveedores de la Real Casa». Vinos que ya serán mero terrón de azúcar en el envase que los contiene. Botellas de formas caprichosas, con marcas recordando a figuras del deporte, de la política o del toreo, que ya están olvidadas. Caprichos de adeptos a cierta línea política, exhibidos en banderas y retratos. Anises que entusiasmaban a nuestros abuelos en navidades y onomásticas. Coñacs que fueron «cosa de hombres», o que invitaban al diálogo etre caballeros. Inclusive, aquellos embotellados durante los dramáticos años de la guerra civil, y que el bodeguero enviaba a los soldados para combatir los intensos fríos en los frentes de Teruel o donde fuere. Amorosamente, Matías ha dotado a su local de vitrinas que lo abrazan como un cinturón, y en ellas exhibe su colección, que cuenta con admiradores cotidianos. Y que acaso convendría incluirla en las guías turísticas de la ciudad, como una curiosidad que si bien no es única, ni acaso la más numerosa de España, sí es importante, y para emularla se necesitaría, cuando menos, amor, afición, paciencia y hasta dinero. Porque hoy, a ciertas botellas, les ocurre lo que a las buenas pinturas antiguas: se paga por ellas muchos cientos o miles de euros. ¡Ay, aquellos vinos tostados que se envasaban en Vigo! Qué recuerdos nos trae un espumosillo de por estos pagos, más bien flojo y dulzón, que llamaban presuntuosamte Champán Ramos y lo bebían como aperitivo, por su casi inocuidad, las jovencitas del doblar del siglo que ya se fue, y que hoy son ya abuelas. Nostalgia, Matías, como en el viejo tango. Siquiera, para emborrachar el recuerdo, que es casi el mismísimo corazón.