RAPACES | O |
09 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.TRAS la guerra civil española, durante la segunda mundial, con tan dura vida en Galicia, Maruja parió tres hijos. Sin padre, cosa frecuente entonces, la familia era tan pobre que sólo podía ahorrar en el nombre de los hijos: Pepe, Manuel y, el pequerrecho, José Manuel. Maruja murió pronto, con esa honda decepción de las madres que dejan hijos en la miseria y sin cariño a su alcance. Los Pepe/Manuel estaban a medio criar y tuvieron que recorrer caminos solitarios y lejanos, pero consiguieron mantener en el corazón la llama de mamá y hacerse gente de paz y con criterio; aún se quieren de verdad tras reencontrarse años después Mas la vida golpea aunque no venga a cuento, como si uno tuviera que macerar sus carnes en desgracias y sufrimientos. Además de grandes estrecheces, los tres sintieron muy cerca el halo de la muerte: un infarto casi acaba con el pequeño; Manuel tuvo que afrontar sanguinarios siniestros en minas de carbón; a Pepe le robó un pie la mar, se conformó sólo con eso. Los tres están vivos de milagro. Miedo, dolor y anhelo, se ciernen hoy sobre las once familias que descienden ya de aquella pobre madre, y muchos bisnietos que seguirán su estirpe. El beso helado visitó de nuevo a Pepe; le diagnosticaron cáncer el día de difuntos, como si fuera una certera premonición. Pepe tiene tres hijos, como Maruja; viejas historias avivarán en él sentimientos desgarradores. No esperan milagros, pero creen tener pruebas de que fue Maruja quien mantuvo vivos a sus hijos en tan graves peligros, que lo hará de nuevo ahora. Es sabido y aceptado que vivos y muertos habitamos el mismo espacio/tiempo. Aunque sea difícil verlos, con frecuencia percibimos el leve toque de sus presencias rozándonos apenas.