Indigentes

| YASHMINA SHAWKI |

VIGO

CUANDO el buen tiempo da paso al frío y a la lluvia resurge el problema de los indigentes que pululan por las ciudades. Pero es, sobre todo, en Navidades cuando, embargados por un sentimiento solidario, nos percatamos de la cantidad de personas necesitadas que habitan cerca de nosotros. Nuestra reacción más habitual es la de aligerar un poco nuestros bolsillos para algo más que para comprar regalos y comida. Esta generosidad puntual nos permite acallar nuestra conciencia y sentir la satisfacción que da el ser solidario y caritativo. Pero, la indigencia, la mendicidad y la necesidad no son problemas ocasionales. Los pobres lo son en cualquier época del año, bajo cualquier climatología y, sea cual sea la coyuntura económica y política. La aparición del cadáver de un indigente en una vivienda de la calle Celso Emilio Ferreiro, ha iniciado la temporada de «concienciación» sobre una cuestión que, pese a no llamar nuestra atención, permanece latente en el núcleo de nuestra sociedad. Ni las cuestiones jurídicas sobre el «sacrosanto» derecho a la propiedad privada ni los problemas burocráticos para la aprobación de partidas presupuestarias extraordinarias son óbice para que, el Ayuntamiento, además de tapiar o marcar con cintas los numerosos edificios insalubres de nuestra ciudad que amenazan ruina y son refugio para indigentes, los vigile y derribe caso de ser necesario. Cierto que no hay dinero para todo, pero, como en toda casa que se precie, además de tener limpia la fachada hay que cuidar que la parte «menos visible» de Vigo esté en buenas condiciones y los menos favorecidos mejor atendidos para evitar muertes como la del pasado miércoles.