IN VICUS | O |
19 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.NO ES fácil crear obras de arte. Cierto que todos podemos dibujar, con mayor o menor fortuna, no en vano, una de las primeras formas de comunicación del ser humano ha sido, desde siempre, la pintura. Sin embargo, plasmar en un lienzo una idea, un concepto que vaya más allá de la simple representación de la realidad requiere formación, entrenamiento, pericia y, sobre todo, un don especial. Y si ya es difícil de por sí alcanzar la maestría para los que no tienen ningún tipo de minusvalía, cuando el pintor padece una discapacidad el mérito va más allá de la simple vocación. Emilia Torrón pertenece a ese grupo de seres privilegiados que han venido a este mundo no sólo para enseñarnos cómo sobrellevar una terrible enfermedad que la ha dejado postrada en una silla de ruedas para el resto de su vida sino, sobre todo, a darnos esperanza y alegría a través de sus cuadros. Desde unos viejos buzones, hasta sus oníricas manzanas de colores irreales pero verosímiles, sus cuadros nos sumergen en el mar azul de la luz y la posibilidad. ¿Cómo si no nos hacen desear ascender por un tramo de viejas escaleras o traspasar una puerta cerrada? ¿Cómo si no resultan tentadoras unas manzanas azules o, tan increíblemente hermoso un repollo violeta? «Emi» ha conseguido inundar de claridad lo más prosaico. Y ello a pesar de que sus manos parecen incapaces de coger un pincel. Pero, es lo que tiene la magia del arte y la voluntad: lo imposible con esfuerzo, constancia y tenacidad se convierte en realidad. Hagan un hueco en su tiempo libre y acérquense al Centro Social de Caixanova para ver su exposición. Les garantizo que así comprenderán porqué tiene «magia en las manos».