IN VICUS
10 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Acostumbrados a vivir en una ciudad caótica, ruidosa y, a veces, agobiante, a la llegada del período estival es cuando nos percatamos de que, a pesar de todo, somos muy afortunados. La amplitud de los arenales que nos rodean, los numerosos parajes verdes que circundan este casco urbano e, incluso, la amplia oferta de lugares de ocio no sólo nos permiten disfrutar de un buen verano sino que nos facilitan la socialización con personas ajenas a nuestro entorno habitual. ¿Cuántos de ustedes no dejan de saludar a algunas personas con las que se encuentran año tras año en la misma zona de la playa o en el chiringuito de la esquina? Puede que desconozcan su nombre, historia, personalidad, pero acaban convirtiéndose en vecinos durante las horas de disfrute al sol. Por sólo compartir arena y climatología, uno acaba por echarles de menos cuando no aparecen a la hora habitual. Y es que, hasta el proceso compartido de inmersión en las gélidas aguas favorece una cierta camaradería. Pero, además de los encuentros, lo interesante es la constatación de que, a pesar del transcurso del tiempo y el cambio en el gusto estético en poco nos diferenciamos de otras generaciones. Aquellas «mamás» que gritaban a sus niños cuando nos dedicábamos a hacer castillos en la arena y a recoger conchas, hoy son las abuelas que, con infinita paciencia, intentan que sus nietos ni se quemen ni se ahoguen. Los compañeros fortuitos de juegos a los que les perdimos la pista durante parte de la juventud, ahora son los papás que retornan a las playas para que sus retoños disfruten como años atrás lo hicieron ellos. Otro verano, otras caras pero, los mismos gestos.